¿Quién nos puede decir qué leer?




Hace no mucho estuve en una reunión con los amigos de un amigo. Una de ellas comentó que escribía la crítica en la sección de arte. "¿Estudiaste arte?", le pregunté". "No; Ciencias de la comunicación". "¿Cómo le haces para criticar?". "Si me cae bien el pintor, le va bien; si no, no". Fin de esa historia. A propósito de la “crítica” que se publicó en Ocho columnas acerca de mi libro recién publicado, Manuscrito hallado en un manuscrito, me acordé de esa anécdota y ahora se verá por qué. El articulista, Ramiro Lomelí, luego de un sesudo análisis literario, donde, en términos generales, reniega de que el libro no traiga un instructivo y un mapa coloreado para no perderse en la lectura, cuestiona al autor, a la obra, al prólogo y a quienes lo publicaron. Dicho de otra manera, dictamina NO LEERLO (aquí la nota).

No hay nada de raro en que un libro no guste; es el destino de cualquier obra de arte: gustar, no gustar, causar indiferencia, pasar inadvertida. Eso es obvio. Sin embargo, después de leer la nota y comentarla con algunos amigos, me di cuenta que me molestaba, no porque fuera desfavorable, sino porque el “crítico”, como si estuviera en un café o en la barra de una cantina, usa un medio público para expresar sus opiniones personales. Aprueba y reprueba con impunidad las obras que le agradan y las que no, escondido bajo las faldas de una columna periodística. No hay un diálogo, una pluralidad de voces, una polifonía; para quienes se preguntan qué opina el autor o los otros lectores de la obra, no suele haber nada. En esta ocasión hay estas líneas, quizá no son para tantos lectores como un periódico, pero si para un público más selecto, y haciendo uso de un medio más democrático como es un blog y el facebook:


Entiendo la crítica como un ejercicio enriquecedor por varias razones: nos potencia como lectores y escritores, tiene una función didáctica, funge como un mapa en medio de un laberinto, nos permite conocer los libros que no están bajo los reflectores y, cuando es necesario, hace las veces del útil verdugo para asestar el hachazo al libro o el autor cuyas obras, como dice Calvino, se pueden dar por leídas, antes de leerlas.


No obstante, ¿quién puede ser un crítico?, ¿qué atributos se requieren para pontificar sobre literatura, para validar o descalificar el trabajo de un autor, para erigirse como un gurú de las letras e indicarle a la gente qué sí debe leer y qué no? Johnson, Baudelaire, Poe, Valery, Borges, han ocupado honrosamente ese cargo, pero, siendo razonables, si ellos fueran la medida, no habría industria editorial. De manera más práctica, quizá estemos de acuerdo en que la cualidad mínima indispensable, considerando el peso de sus opiniones, es la de ser un “lector modelo”: un lector inteligente, sensible, intuitivo, perspicaz, con amplios referentes literarios y una vasta cultura histórica, artística, científica, política y filosófica. Si alguien nos va a instruir sobre qué leer, debe haber leído mucho y muy bien. Debe ser un lector que no se intimide con los diálogos de La montaña mágica, ni se asuste con las exhaustivas descripciones de Marcel Proust, que pueda brincar sin problemas de Aristófanes a Ionesco, de La Fontaine a Camus, y hallar estímulos estéticos en las temporalidades rectas tanto como en las fractales, el realismo francés, el monólogo interior, las puestas en abismo, y algunas variedades no catalogadas.

¿Compartirá estos atributos el Dr.Lomelí Johnson? Juzgue usted:


“Seguramente se recuerda a “Beto el Boticario”, el cómico mago, que no mago cómico, pues lo último es imposible de existir, una contradicción”.

“El Boticario” era un cómico, no un mago. Su magia era subvertir a la magia…”


Si esas son sus referencias literarias, ¿cuáles son sus alegrías estéticas?: ¿los hermanos Brenan?, ¿”la pájara Peggy”, ¿”el chipote chillón”? No se supone que un crítico lo ha leído todo o casi todo, ¿por qué recurrir a la cultura popular para referirse a una obra literaria?

“Así, la publicación de éste libro es un riesgo que se asume; desarmando estructuras, tiempos, diálogos, personajerías, no de manera lúdica, sino con interés de narratólogo”.

¿Qué significa “desarmar personajerías”? Permítanme un silogismo dominguero para tratar de discernir la filosofía lomeliniana: Suponiendo, sin conceder, que su observación es objetiva: si lo lúdico está bien y lo que refiere a la narración dentro de la narración está mal, entonces, jugar es un valor literario y la metaliteratura no; conclusión: Bukowski es mejor escritor que James Joyce o, para decirlo en su términos: “La Guayaba” y “La tostada” son más literarias que Nabokov y Borges. ¡Que nadie le venda un lanzallamas a Ramiro Lomelí porque va a salir como los bomberos de Fahrenheit 451 a calcinar todas las obras donde no encuentre piruetas, tropezones, y pastelazos!


“En el prólogo del libro se dice que la gran literatura se debe al artificio de sus escritores… sin embargo, en Manuscrito hallado en un manuscrito, se reitera en el encuentro del relato dentro del relato y en la confusión del autor entre los personajes, con gracia escritural”.


¿Qué diría este agudo lector si un día cambiara la televisión por los libros y leyera obras como Niebla, El grafógrafo, "La historia según Pao Cheng", Si una noche de invierno un viajero, “Continuidad de los parques”, Seis personajes en busca de autor, o la llamada “literatura límite”. ¿Por qué un lector tan limitado nos dice qué leer? Un intelectual como Lomelí tendría que cubrir lo que sucede en los palenques, o hacer de consejero sentimental en una revista para adolescentes o, ya en plan muy crítico, hablar de cantantes infieles, o actrices con celulitis en las piernas.

Pienso que para ser crítico, o articulista, o cualquier persona que incida sobre la percepción de los demás en materia de arte, se requiere cierta autoridad moral e intelectual; de lo contrario, se hablará de la literatura como de la farándula, y del maestro Lomelí, como de “Fabiruchi” o el “Pepillo” Origel. La palabrería entonces, se impondrá sobre la palabra, y los dimes y diretes de sutano acerca de fulano ocuparán el espacio donde uno esperaría enriquecer su goce estético y su comprensión de la literatura. Si cualquier individuo con pulgares opuestos puede empuñar una pluma para arrojar adjetivos, como huevos podridos, desde la comodidad de un medio impreso, ¿qué sentido tiene para los lectores que leamos estos artículos como una referencia de lo que vale la pena leer y lo que no? Eso duplica el problema, como en los espejos que tanto desconciertan a los gatos y a nuestro “crítico”, porque antes de leer la crítica para saber qué sí vale y qué no, hay que leer a los críticos para saber quién sí vale y quién no, después a los críticos de los críticos, y así ad infinitum. Si ese fuera el caso, sería mejor que nos quedáramos lectores, libros y escritores; el resto, serían accesorios inútiles. Usted lector, ¿qué opina?

(Es posible que la crítica que he referido no sea para lectores, sino para lectorcillos que viven en la vecindad del Chavo del ocho).

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