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El humor negro y los buenos maestros


Una maestra argentina me pidió que pasara al pizarrón y escribiera un enunciado con el adverbio relativo «cuando». Yo tenía catorce años, acababa de entrar a la preparatoria y, tal como mis otros cuarenta compañeros, estaba muy aburrido, así que escribí lo primero que se me ocurrió, sin meditar mucho en las consecuencias:


«El niño corría cuando tenía piernas».

Mis compañeros se rieron y yo me dispuse al sermón o el exilio. Lo insólito fue que la maestra celebró mi broma y dedicó el resto de la clase a explicarnos el concepto de humor negro, con ejemplos mucho más ingeniosos que mi incipiente cinismo juvenil.

Nunca antes, ni mis compañeros ni yo, atendimos la clase con una curiosidad tan viva. La maestra transmutó una somnífera clase de gramática en una exquisita charla sobre el humor negro y convirtió mi bufonería en un acto de heroicidad.

Gracias a ella aprendí dos grandes lecciones, que no guardan relación con la gramática: 1- que las personas inteligentes se conducen con ideas y criterios propios, por lo tanto, son impredecibles; 2- que un buen maestro no depende de un programa escolar, es más, se podría decir que le estorba.

La gorda arrogante



Una mujer muy gorda, para jactarse de su experiencia sexual, me dijo que ya había practicado todo el Kamasutra. Yo le refuté que la mayoría de esas posiciones exigen condiciones muy atléticas y que, en su caso, sonaba mejor si sólo decía que había fornicado muchas veces.

Trabajos alimenticios


En una de mis tantas crisis económicas me vi a obligado a solicitar trabajo como vendedor en Mr. CD. Después de un exhaustivo examen de conocimientos musicales, les pareció que tenía un perfil adecuado para la sección de música clásica, que no era sino un exhibidor con un centenar de discos. Yo no era un experto en música culta, ni mucho menos, pero al menos sabía que Johan Sebastian Bach no era el «rey del jaripeo». Me hicieron un contrato por tres meses, con la promesa de que, si probaba ser útil a sus fines comerciales, me ofrecerían un contrato fijo. Mi plan era trabajar un mes para sobrevivir en vacaciones, antes de volver a mi trabajo de maestro (cuya paga era peor, pero al menos me gustaba), y entonces renunciar.

Llevaba tres semanas en la tienda cuando me mandó llamar el gerente. Tenía en la mano un registro de ventas jerarquizado por secciones musicales: el pop estaba en la cúspide; la clásica, como es natural, se arrastraba en el fondo. Me mostró las hojas con expresión médica, como si fuera un diagnóstico de cáncer, me tomó del hombro y me dijo «Manuel, algo anda mal aquí, la música clásica no se está vendiendo». Yo, también muy serio, le respondí que, por desgracia, a Mozart y Beethoven no se les ocurrieron los playbacks, ni las coreografías con mujeres voluptuosas. Cambió de tema, de manera muy elegante, y me dio un largo speech para motivarme a luchar por el legendario contrato permanente.


Su speech, en efecto, me motivó, aunque no como él esperaba. Yo sabía que Mozart y Beethoven no se alimentaban por fotosíntesis, pero supuse que no se habrían sometido a un contrato trimestral, ni a un estimado de ventas, así que renuncié al otro día, una semana antes de mi objetivo, y diez semanas y cuarenta mil pesos de ventas antes del suyo. Si había que fijar posición, entre los genios del arte o los «genios» del marketing, yo elegía el primer bando y, dicho con orgullo, lo he elegido siempre, así es como los «artistas del hambre» firmamos nuestros contratos vitalicios.