SINOPSIS de El insulto como una de las bellas artes





1. En este libro escribí algunas de las cosas que pienso sobre temas tan diversos como el arte conceptual, el reggaetón, la física cuántica, las mujeres bonitas, la inteligencia artificial, los aparatos de tortura, la burocracia mexicana, Netflix, los cavernícolas, la sabiduría, las religiones, los androides, los intelectuales orgánicos, los normales, los ricos, la gente que no sabe mentir…

2. También cuento anécdotas como la del tipo que hablaba como las traducciones ibéricas de Bukowski, la competencia del merolico contra el violinista, la broma que le hice al supuesto crítico de arte, el jefe que me reclamó porque no vendía discos de música clásica, el maestro de mecánica que se burlaba de la filosofía, el sacerdote que rezaba para que ganaran las Chivas, la mujer que se jactaba de haber practicado todo el Kamasutra...

3. Algunas de estas anécdotas implican a personas que conozco o he conocido, tanto en roles protagónicos como secundarios. Omití los nombres para no adular ni herir a nadie, pero cualquier parecido con la realidad, no es coincidencia.


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El humor negro y los buenos maestros


Una maestra argentina me pidió que pasara al pizarrón y escribiera un enunciado con el adverbio relativo «cuando». Yo tenía catorce años, acababa de entrar a la preparatoria y, tal como mis otros cuarenta compañeros, estaba muy aburrido, así que escribí lo primero que se me ocurrió, sin meditar mucho en las consecuencias:


«El niño corría cuando tenía piernas».

Mis compañeros se rieron y yo me dispuse al sermón o el exilio. Lo insólito fue que la maestra celebró mi broma y dedicó el resto de la clase a explicarnos el concepto de humor negro, con ejemplos mucho más ingeniosos que mi incipiente cinismo juvenil.

Nunca antes, ni mis compañeros ni yo, atendimos la clase con una curiosidad tan viva. La maestra transmutó una somnífera clase de gramática en una exquisita charla sobre el humor negro y convirtió mi bufonería en un acto de heroicidad.

Gracias a ella aprendí dos grandes lecciones, que no guardan relación con la gramática: 1- que las personas inteligentes se conducen con ideas y criterios propios, por lo tanto, son impredecibles; 2- que un buen maestro no depende de un programa escolar, es más, se podría decir que le estorba.

Tres experimentos mentales




1

Si comparo nuestras vidas humanas con las vidas de los gatos domésticos, pienso que nuestra única ventaja es el privilegio de la conciencia; pero si vivimos en la inmediatez, si no cultivamos la mente, si sólo buscamos los placeres primarios, la vida del gato es mucho mejor: siempre tienen comida disponible, duermen el doble, son más curiosos, gozan de una vida sexual más libre y activa, no tienen que trabajar, ni ir a la escuela, ni hacer fila en los bancos; tienen casa, comida, humanos a su servicio. No me sorprende que se sientan superiores, lo son en la mayoría de los casos.




2

Los informes de logros, en cualquier ámbito, son aburridos y falsos; serían mucho más interesantes los currículum de fracasos, podrían hasta ser un género literario.




3

Cada que me subo un avión pienso que estoy disfrutando el gran sueño de Leonardo da Vinci sin haber hecho nada para merecerlo, sólo porque nací varios siglos después que él. Pero también pienso, en mis momentos de frustración, que él tuvo la suerte de vivir en la Florencia renacentista y se salvó de los embotellamientos, del arte conceptual, de los reality shows y de las torturas burocráticas de los bancos. Entonces, asoma mi lado teísta y sospecho que las vidas de todos podrían estar perfectamente equilibradas, bajo unos parámetros incompresibles para nuestras estrechas mentes humanas, y que merezco gozar el gran sueño de Leonardo porque, quizá, también padezco sus peores pesadillas.



La gorda arrogante



Una mujer muy gorda, para jactarse de su experiencia sexual, me dijo que ya había practicado todo el Kamasutra. Yo le refuté que la mayoría de esas posiciones exigen condiciones muy atléticas y que, en su caso, sonaba mejor si sólo decía que había fornicado muchas veces.

El insulto como una de las bellas artes


*
Es un desperdicio que no se reconozca al insulto como una disciplina artística pues, para cultivar ese talento, vivimos en «el mejor de los mundos posibles».

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Lo que más odio de la televisión es que reproduce seres cuyo rasgo más original y exclusivo son las huellas dactilares.

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Nadie le «roba»  a un banco, en todo caso, hay quienes recuperan su dinero.

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No pierdas el tiempo contestando un test del tipo «Descubre si eres un genio»; si lo fueras, no leerías un test para descubrirlo.

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Ninguna mujer me atrae más que una bonita, excepto las inteligentes, las sabias, las curiosas, las simpáticas, las buenas conversadoras, las creativas, las consideradas y, en términos generales, todas las que son más que mercadotecnia biológica.

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Me simpatizan las personas alegres, pero desconfío de las que tienen una sonrisa fija, sin relación con la circunstancia. Me recuerdan a Ronald McDonald´s, con su encantadora sonrisa para disimular la podredumbre.

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No busques el tiempo que pierdas leyendo la saga de Marcel Proust; será más tiempo perdido.

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Muchos de quienes argumentan que la filosofía es inútil porque no da dinero, deberían explicar por qué tienen hijos, si hasta les cuestan.

Trabajos alimenticios


En una de mis tantas crisis económicas me vi a obligado a solicitar trabajo como vendedor en Mr. CD. Después de un exhaustivo examen de conocimientos musicales, les pareció que tenía un perfil adecuado para la sección de música clásica, que no era sino un exhibidor con un centenar de discos. Yo no era un experto en música culta, ni mucho menos, pero al menos sabía que Johan Sebastian Bach no era el «rey del jaripeo». Me hicieron un contrato por tres meses, con la promesa de que, si probaba ser útil a sus fines comerciales, me ofrecerían un contrato fijo. Mi plan era trabajar un mes para sobrevivir en vacaciones, antes de volver a mi trabajo de maestro (cuya paga era peor, pero al menos me gustaba), y entonces renunciar.

Llevaba tres semanas en la tienda cuando me mandó llamar el gerente. Tenía en la mano un registro de ventas jerarquizado por secciones musicales: el pop estaba en la cúspide; la clásica, como es natural, se arrastraba en el fondo. Me mostró las hojas con expresión médica, como si fuera un diagnóstico de cáncer, me tomó del hombro y me dijo «Manuel, algo anda mal aquí, la música clásica no se está vendiendo». Yo, también muy serio, le respondí que, por desgracia, a Mozart y Beethoven no se les ocurrieron los playbacks, ni las coreografías con mujeres voluptuosas. Cambió de tema, de manera muy elegante, y me dio un largo speech para motivarme a luchar por el legendario contrato permanente.


Su speech, en efecto, me motivó, aunque no como él esperaba. Yo sabía que Mozart y Beethoven no se alimentaban por fotosíntesis, pero supuse que no se habrían sometido a un contrato trimestral, ni a un estimado de ventas, así que renuncié al otro día, una semana antes de mi objetivo, y diez semanas y cuarenta mil pesos de ventas antes del suyo. Si había que fijar posición, entre los genios del arte o los «genios» del marketing, yo elegía el primer bando y, dicho con orgullo, lo he elegido siempre, así es como los «artistas del hambre» firmamos nuestros contratos vitalicios.