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Sinopsis de Breviario del vicio




Breviario del vicio es un libro con 18 relatos breves de humor negro. En este breve muestrario de vicios, se exhiben el esnobismo, la lujuria, la gula, el consumismo, la soberbia, la estupidez, la violencia, el fanatismo. Hay un tipo que vende su cerebro por E Bay, una ninfómana convencida de que su sexo liberará a la humanidad, un país donde cobran por soñar, un tipo que sólo se enamora de las mujeres cuando las ve a cincuenta metros de distancia, un fanático que renuncia a su identidad para imitar la de John Lennon, un hombre poco agraciado que le atormenta tener una novia tan bella porque que piensa que es un error en la Matrix, y que en cualquier momento sufrirá un castigo terrible para equilibrar el cosmos... 

Descarga una parte del libro en este link:

De venta en café Palíndromo (Guadalajara) o en línea, a cualquier parte de México, aquí: https://www.kichink.com/stores/paraisoperdido#.VG06nPmG-So 

El rockstar contra el gigante de 50,000 cabezas








«You're all a bunch of fuckin' slaves!»

Jim Morrison





Desde el escenario, Peter Shatz veía la mancha formada por esas miles de personas, pero no percibía su rostro, no sólo por la penumbra y la distancia, sino por una horrible sensación de hastío. Todos cantaban las mismas canciones, se empujaban, hacían slam, gritaban desentonados y tomaban fotografías desde su celular; Peter veía, literalmente, una masa informe que se convulsionaba como una horda de autómatas. Podría tararear una frase melódica para que lo siguieran como a Freddy Mercury y lo harían, podría orinarse encima de ellos como Jim Morrison y gritarían de emoción, podría ordenarles que fueran a sus casas y desollaran a sus familias y, en medio del trance, no sería imposible que algunos obedecieran.

Sintió que su música no hacía más que arrebañar, más que perfilar seres idénticos, como cuando de niño cortaba con unas tijeras una silueta en una faja de papeles y al desplegarla todas se agarran de las manos. Viéndolo así, un concierto de rock no era diferente a un trabajo, una iglesia, una prisión o un salón de clases; en todos los casos se suprimía la individualidad. Sintió vergüenza de liderar a esos insectos. 

A la mitad de una vertiginosa progresión de quintas, arrancó el micrófono de su cable y lo lanzó al torbellino de seres sin rostro, no con una parábola obsequiosa, sino como David disparando su honda para derribar al filisteo gigante. Los que estaban cerca se arrojaron feroces, unos encima de otros, para apropiarse del souvenir, el resto del auditorio estalló en un grito de júbilo. La melodía no se detuvo porque una buena parte del público seguía cantando. Pete dejó caer al piso su guitarra y se alejó del escenario, dándole la espalda a todos sus seguidores. Sus compañeros de banda se voltearon a ver, aturdidos, sin dejar de tocar a tropezones la pieza, pero ni ellos, ni ninguno de los cincuenta mil espectadores que desbordaban el estadio, sabían lo que pasaría después de que la púa del otro guitarrista raspara el último acorde.

Tercera ley de óptica

Desde el primer instante que la vio, a cincuenta metros de distancia, supo que esa era la mujer de su vida; a la mitad del camino juzgó que un noviazgo pasajero sería suficiente; quince metros después ya sólo quería un acostón y con las luces apagadas; pero al llegar a tres pasos de ella, desvió su camino con el rostro desfigurado del asco, y optó por volver al punto inicial.

Sueños a plazo fijo o variable

Hubo una vez un lugar donde soñar sí tenía un precio y los costos variaban según la magnitud de su producción: un sueño local era mucho más económico que uno trasatlántico, uno con muchos personajes, persecuciones de autos o edificios en llamas, elevaba el costo de manera escandalosa, y muy pocos podían pagarse uno con personajes famosos. 

Algunas instituciones bancarias ofrecieron planes de financiamiento para que los pobres pudieran gozar aunque sea un buen sueño en su vida, siempre y cuando se comprometieran a pagar en plazos que oscilaban entre veinticuatro y ochocientos meses.

El problema vino cuando ya no pudieron pagar, porque no tenían nada que ofrecerle a los bancos, en ninguno de los mundos conocidos. Un dirigente anónimo tuvo la idea de embargarles sus recuerdos y la mayoría lo perdió todo. El mundo se volvió un lugar donde las personas, como los animales, vivían en un eterno presente. Nadie sentía nostalgia, nadie hacía planes, nadie tenía vida mental ni emocional y lo peor, nadie trabajaba, ni veía la tele, ni compraba cosméticos. 

Las corporaciones se preocuparon y dieron marcha atrás: iniciaron los desbloqueos oníricos para que las imágenes inconscientes traficaran en libertad y gracias a ese acto de profunda humanidad, el orden se restableció, y los sueños volvieron a ser de quien los trabajaba; las corporaciones, sencillamente, produjeron sueños colectivos, relacionados con verse mejor, llegar más alto, pisar más fuerte, orinar más lejos, para abastecer a quien no se bastara con los suyos.

El marxista de corbata Bijan




Tiene cuatro mil empleados a su cargo, trabajando por el mínimo, sin seguro médico, vacaciones, ni derecho a generar antigüedad. Él, en cambio, trabaja sólo por las mañanas, semana inglesa, tiene siete carros, vive en tres países, le gusta esquiar con su familia en Aspen o apostar en Montecarlo dos o tres veces por año, juega tenis, criquet, golf, hace comidas de cuatro tiempos, con vinos franceses y lleva cada mes a su perro, Marx, con un estilista profesional, que cobra más de lo que ganan sus empleados por semana, por limarle las uñas y cortarle las puntas del cabello. Lo más curioso es que en las discusiones siempre está del lado del proletario, hasta se pone gritón cuando intentan disuadirlo, admira a Lao-Tsé y cita de memoria El manifiesto comunista. Nadie tiene la camiseta roja más puesta que él, y de veras, de corazón, cree en los pobres.

Oda a la grasa




Prefiere estar sentado, no sólo porque es más cómodo, sino porque así nadie se fija que tiene las piernas demasiado cortas para ese torso, además de que son anchas de arriba y estrechas de abajo, y lo hacen parecer un cono de helado o un cerdo. Por cierto, ni el helado ni el cerdo son enemigos de su dieta, pero no soporta que nadie lo cuestione en ese tema, es casi un patriota de la grasa, cuando alguien le quiere dar clases de nutrición es capaz de amarrarse a una bandera de McDonald’s y lanzarse del Empire Building para defender su derecho a ganarse el placer de cada día, sin ningún tipo de restricción. 

Seguido recuerda aquel chiste del señor que va con el doctor a preguntarle cómo vivir cien años. El doctor lo interroga: ¿fuma?, ¿toma?, ¿se droga?, ¿consume grasas saturadas?, y el paciente siempre responde que no. Entonces el doctor, irritado, le pregunta, ¡¿para qué chingados quiere vivir cien años?! Y siempre que rememora el chiste, no sólo ríe complacido y olvida las burlas, sino que se siente justificado, ese chiste es su apotegma de cabecera, su filosofía de drive thru, su invitación a vivir sin tacañerías y regalarse todos los placeres que pueda, convencido de que el día que lo alcance la muerte, la gente lo admirará porque él sí supo vivir.

Órdenes son órdenes





Órdenes son órdenes. Yo no me puedo poner a pensar en qué va a pasar con esa familia, o en si son buenas personas o no. Mi trabajo es hacer lo que me ordenan. Lo que yo diga no importa. Si me dicen dispara, yo disparo; si me dicen, avienta una granada, lo hago. No puede ser de otra manera. La vida es así. Y mi trabajo es como cualquier otro. Tú no le puedes decir al jefe que no te gusta tu trabajo. Te pagan para hacer eso. Es tu responsabilidad. Y si no lo hicieras tú, lo haría cualquier otro. No somos especiales. Uno sólo es una herramienta o un arma, los que jalan el gatillo son ellos. Claro que al principio era muy difícil. No te voy a mentir. Al principio me temblaba el culo de andar entre las balas y ver toda esa gente muerta. Teníamos que ponernos bien pachecos pa aguantar tanto pinche desmadre, toda ese reguero sangre, y los soldados cayendo de un bando y del otro, unos chillando como animales, otros, gritando enloquecidos. Todo eso era nuevo para mí y fue muy difícil. Pero al rato uno se acostumbra, hasta le agarras el gusto. Uno piensa en su familia, en sus amigos, en su vecinos, y sabes que te la estás rifando por ellos, que peleas y te juegas la vida para que ellos puedan vivir tranquilos, para que puedan andar en las calles sin tener que preocuparse por tanto terrorismo, tanto cabrón musulmán que no soportan que vivamos en un país libre, donde la gente puede tener cualquier religión y tiene derecho a hacer su vida como quiera; uno pelea con garras y dientes para defender nuestra tierra y nuestra gente. Pero vale la pena sacrificar nuestras vidas para que otros puedan vivir mejor. A nosotros nos toca ser los héroes. Si otros lo hubieran hecho antes, nosotros no tendríamos que andar en esto, pero pronto va a llegar el día en que acabemos con el terrorismo y podamos vivir en un mundo mucho mejor, y no tenga que haber tantas guerras, ni tantas muertes. Matamos a los malos para que vivan los buenos, o sea que matamos para que ya no haya tanta muerte, estamos limpiando al mundo para volverlo un lugar mejor, pero la gente no entiende eso.












Cambiar de canal


Con un vistazo a los ojos, cerrados o abiertos, puede ver la trama de una vida, con todos sus diálogos, conflictos, paradojas morales, vueltas de tuerca; pero es un don que no la complace: su verdadera pasión son las telenovelas, esas historias sí que le ofrecen emoción y, al menos, un poco de lógica.

Trigonometría



Él la amaba. Ella lo amaba. El mejor amigo de él también la amaba. Ella le correspondía. Vivieron felices los tres, tres veces, tres fines de semana.    

Second thought



We regret to inform you that your article "I sell my brain, almost new, very lightly used" has been rejected. You have seven days to refund the money.



Un hombre casi feliz




Llego al depa, abro el refri: nada. Tomo una sopa, la meto al micro, prendo mi lap, entro al mess, sale mi sopa, checo mi mail, abro el face, ceno, posteo, chateo, veo la tele: el nuevo cel, la nueva lap, la nueva pizza. Duermo, abro los ojos, voy al gym, voy al job, checho, trabajo, checo otra vez, voy al banco, al mall, al super, compro la nueva lap, vuelvo al depa, saco mi cel, pido una pizza, hurgo mi lap nueva, ceno, posteo, chateo, prendo la tele: el nuevo estéreo, los nuevos jeans, el carro nuevo, me siento mal, le falta queso a la pizza, le falta brillo a la lap, y a decir verdad, a mi me falta ese carro, y es todo, lo juro, es todo lo que me falta, para ser un hombre feliz, un hombre pleno.

Fábula de una infamia








Arqueó sus dos manitas para hospedar la mayor cantidad de dulces. El abuelo atrancó la puerta y comenzó a contarle otra linda historia.