Quiso conquistarla con la más breve composición literaria, pero la respuesta fue un "no" tan largo como La comedia humana.
Efe de falso
El vendedor me estafó con un disco que era una falsificación de un dvd con un falso documental sobre los grandes falsificadores que se enriquecieron vendiendo réplicas de los farsantes más célebres del arte contemporáneo, a coleccionistas que fingían no darse cuenta, para mantener viva esa farsa llamada «arte contemporáneo».
Sociedad de lobos
Me gustó la última película Scorsese, The Wolf of Wall Street. Es una película con el ya conocido estilo de Scorsese: narrador en off, sexo, drogas, dinero, poder; narración ágil, edición elíptica, música popular armoniosamente unida a la narración, mucho conflicto, drama, buenas actuaciones. El final me parece memorable, con la toma de los asistentes a una charla del famoso corredor de bolsa, en actitud de aprendizaje, con los rostros llenos de ambición, son los lobos en potencia: un retrato del mundo, concupiscente, voraz.
El hombre, la máquina y el infinito
I-
Blancas
Garry
Kasparov avanza dos escaques con su peón de rey. La máquina responde con defensa
siciliana. Kasparov brinca los caballos y lanza los alfiles; ataca el flanco
derecho, con una mezcla de lógica e intuición, o dicho en palabras de Hamlet,
con una mezcla de razón y locura. Dibuja en su mente decenas de líneas rectas,
cortas y largas de peones y torres, diagonales que forman cruces o estrellas,
eles en el centro que unidas hacen un círculo intermitente, como los pétalos de
una flor; cada esquema adquiere un color distinto, según si ataca con alfil,
caballo y reina, si defiende con torres y peones alineados en grupos de tres,
si busca las filas abiertas o prevé un espacio libre para poner a un caballo
después de una combinación de tres movimientos. Los circuitos mentales de
Kasparov, como un tablero astronómico de ajedrez recorren millones de neuronas,
creando las figuras más complejas, encendiendo dendritas, conectando axones,
creando asociaciones mnémicas, a niveles conscientes y subconscientes. Sonríe
con aire de superioridad. Piensa que la máquina sólo sabe engullir piezas, pero
poco entiende del juego, ni siquiera conoce sus historias.
La famosa leyenda del brahmán,
Lahuer Sessa, que le regaló un tablero de ajedrez al rey Iadava para distraerlo
por la muerte de su hijo, y la elegante broma matemática del brahmán, con las
casillas y los granos de trigo, ilustran dos de las magias del juego. La
primera es su poder de seducción: El rey se fascina al punto que logra
distraerse de la muerte de su hijo. Esta misma cualidad puede verse en unos
versos que escribió siglos después, Fernando Pessoa: “Ardían casas, saqueadas
eran/ las arcas y paredes, / violadas, las mujeres eran puestas/ contra muros
caídos, / traspasadas por las lanzas, las criaturas/ eran sangre en las
calles.../ Mas donde estaban, cerca de la urbe/ y lejos de su ruido, / los
jugadores jugaban/ el juego del ajedrez.” La segunda magia del juego es el
increíble atributo de adensar el infinito en un espacio tan pequeño. Como se
sabe, el rey queda tan agradecido que le ofrece al brahmán escoger cualquier
regalo de su reino. El brahmán cede ante le insistencia y pide un grano de
trigo por la primera casilla del tablero, dos por la segunda, cuatro, ocho,
dieciséis. El administrador del reino tarda unas semana calculando y concluye
que no existe esa cantidad de trigo, ni en todo el mundo. Al llegar a la
casilla 64, el número de granos es 18´446,744´073,709´551,615, según ciertos
cálculos, lo equivalente a la cosecha de todo el mundo actual, durante casi
quinientos años. Los 64 cuadros del ajedrez, como los 12 semitonos de la música
occidental, o las 29 letras del alfabeto español, son una representación del
universo, con toda su complejidad, todos sus misterios, toda su entropía. Son
pocas piezas y poco espacio, al menos a la vista y, sin embargo, las
combinaciones posibles son tantas, que nunca se ha jugado una misma partida.
II-
Negras
Por
los mil procesadores en paralelo de la máquina, corren los fotones, se hilan
los unos y ceros en grupos de bits, bytes, gigabytes. La memoria del sistema
recorre a la velocidad de la luz doscientos millones de posiciones por segundo
de acuerdo a una base de datos con miles de juegos: Capablanca contra Alekhine,
Bobby Fischer contra Spassky, Kasparov contra Karpov, Magnus Carlsen contra
Vishy Anand, y siempre elige el movimiento más pertinente, de acuerdo con un
algoritmo que sintetiza lo mejor de la “fuerza bruta” con las tácticas y
estrategias programadas por un equipo de expertos en inteligencia artificial y
una decena de grandmasters. Ha librado los embates del ruso y está preparando
el contraataque. A Kasparov le sudan las manos y no deja de ver el
minutero; ha consumido el doble de
tiempo que su rival. La máquina se mantiene incólume; apenas y se han calentado
sus componentes de silicio. De acuerdo con su valoración, lleva ventaja posicional,
y temporal; se acerca su victoria.
En el siglo XVIII hubo un
autómata llamado “el turco”, creado por Wolfgang von Kempelen, que se suponía,
jugaba ajedrez en el más alto nivel. Entre los rivales más celebres que derrotó
estuvieron, Napoleón y el pionero de la informática, Charles Babbage. Después
se descubrió que era un engaño. Había un jugador humano oculto entre sus
entrañas de madera. Los primeros intentos serios por crear jugadores
artificiales se remontan a principios del siglo veinte, con la máquina de
Leonardo Torres que jugaba finales de rey y torre contra rey, y con el
desarrollo de la computación, en los años cincuenta; Alan Turing a la cabeza. Durante
varias décadas ningún programa tuvo capacidad para competir con los mejores
jugadores del mundo, pero, acorde con la ley de Moore, la informática creció como
los granos de trigo en el tablero de ajedrez y en 1997, en medio de un enorme
despliegue publicitario, el superordenador diseñado por IBM, Deep Blue, derrotó
al campeón mundial Garry Kasparov en un match
de seis partidas. El jugador humano alegó conspiraciones de la transnacional,
pero, en los años siguientes, los campeones Krámnik y Anand también cayeron
antes los softwares, Deep Fritz y
Rebel, despejando cualquier duda sobre las capacidades ajedrecísticas de las
máquinas.
III-
Blancas
y negras en abismo
Se
libran varias partidas simultáneas entre Kasparov y la máquina: la que es, la que pudo ser, la que podría ser. Cada
movimiento en el tablero virtual suprime una infinidad de movimientos que no
sobrevivieron al análisis de los jugadores y se rezagan en ese universo
paralelo donde van a parar las miles de partidas que nunca se jugaron, los
movimientos que no ocurrieron, las otras versiones de cada juego, donde es el
otro jugador decapita al rey enemigo. Kasparov ofrece un peón y un caballo sin
recibir pieza a cambio. La máquina registra la ventaja material y supone su próxima
victoria; Kasparov intuye que su ventaja posicional le permitirá llegar al mate
antes de que la máquina organice su defensa. Ninguno de los dos puede
visualizar el desenlace exacto: ni los millones de cálculos de la máquina, ni
la compleja red neuronal del jugador les alcanza para armar todo el árbol de posibilidades.
Más allá de unos cuantos movimientos sólo aparece una espesa cortina de humo.
El ajedrez es uno de los objetos
que más han atraído a los hombres desde su invención. Artistas como Nabokov,
Duchamp, Ingmar Bergman, Carrol, Dalí, Kubrick, entre muchos otros, han creado
novelas, películas, piezas teatrales, poemas, musicales, lienzos, inspirados en
él. Los científicos han programado softwares,
han hecho robots, han visto en el juego de las 64 casillas uno de los mejores
modelos para ensayar la inteligencia artificial.
Pero el arte y
la ciencia son sólo dos vertientes del juego. Como en la parábola sufí de los
ciegos que describen a un elefante según la parte que tocan, el ajedrez es
muchísimas cosas, según la subjetividad que lo describe. Es un juego de
inteligencia, de creatividad, de intuición; es una danza impredecible y una
escultura cinética; un combate lógico-matemático y psicológico. El juego sólo
permite tres resultados y ninguno es, por sí mismo, espectacular. La trama de
cada juego, sin embargo, nos mantiene intrigados, porque cada partida es un
relato riquísimo en símbolos de la vida y la muerte, del tiempo y el espacio,
de lo abstracto y lo concreto.
Entre muchas
otras razones, el ajedrez fascina a los hombres porque es una metáfora del
universo y una conversación con el infinito. Esa es la única partida, de
antemano perdida para las máquinas, a menos que, como sugiere el poema de
Borges, nosotros seamos también la pieza de un jugador ulterior. En ese caso sería
legítimo esperar que las máquinas, además de competir en el tablero, lleguen al
combate psicológico, hagan combinaciones creativas, reflexionen y disfruten las
sutilezas del juego. Acaso, en algún momento, creen sus propias máquinas que
jueguen ajedrez y éstas, las suyas, y así ad
infinitum. También es posible que en ningún plano de toda esa puesta en
abismo se llegue a comprender todo el complejo universo del ajedrez, o que en
algún punto aparezca una mano, orgánica, inorgánica, o etérea, moviendo las
primeras piezas que iniciaron todas las partidas, o que haya un tablero con 32
piezas, reales o virtuales, anteriores a esa mano...
Nota publicada en la edición 756
de la Gaceta UdG
Las imágenes del próximo milenio
A
Ítalo Calvino, como a muchos niños, le gustaba contemplar las tiras cómicas e
imaginar, guiado por la narrativa visual, los relatos que no era capaz de comprender
por medio de los signos. Ya que pudo leer supo que los globos de texto eran
versos italianos de un falso traductor que no sabía inglés y tenían una vaga
conexión con las viñetas. Calvino prefirió seguir imaginando sus historias,
partiendo de imágenes, un procedimiento que seguiría como creador. Así surgieron
sus relatos más celebres: un hombre en dos mitades que siguen viviendo
independientemente; un muchacho que trepa a un árbol y después pasa de un árbol
a otro sin bajar a tierra; una armadura vacía que se mueve y habla como si
dentro hubiera alguien.
En una de las conferencias que redactó
para dictar en Harvard, Calvino, además de hacer la apología de la visibilidad,
como un valor literario que debíamos conservar para el siguiente milenio;
expresaba su preocupación por el mundo moderno, de las copiosas imágenes
prefabricadas, saturando la memoria como una montaña de desperdicios, y por el
peligro de perder esa facultad humana fundamental “la capacidad de enfocar imágenes visuales con los ojos cerrados, de
hacer que broten colores y formas del alineamiento de colores alfabéticos
negros sobre una página blanca, de pensar con imágenes”.
Ese interés por animar con grafías un
mundo de imágenes en la memoria del lector está presente en toda su escritura,
pero en Palomar, su última novela
concluida hace treinta años, es el rasgo principal. La obra se compone de tres
secciones, “Las vacaciones de Palomar”, “Palomar en la ciudad”, “Los silencios
de Palomar”; divididas a su vez en tres partes, cada una formada por tres
textos. En esa arquitectura simétrica está clasificado el proyecto del señor
Palomar que consiste en describir cada uno de los instantes de su vida de una
manera tan minuciosa que no tenga tiempo para acordarse de la muerte.
En cada página las flexibles
contorsiones de las letras crean imágenes llenas de forma, color y textura: una
parvada de estorninos dibujando caóticos garabatos en el cielo, una tortuga
macho arrastrando su miembro en forma de gancho después de fracasar otro
intento de cópula forzada, una carnicería donde se churruscan “filetes ágiles y
esbeltos, costillas armadas de su mango de hueso, lomos macizos y sin pizca de
grasa”, el vasto firmamento con toda la morfología planetaria interpretada por
la sutil mirada del Señor Palomar.
Además de crear sorprendentes lienzos en
movimiento con sus ricas y precisas descripciones, el señor Palomar también
reflexiona y halla en cada una de esas pinturas un estímulo filosófico, una
ilustración de complejas ideas. “De lo
que sabe desconfía; lo que ignora mantiene su alma en suspenso. Abrumado,
inseguro, se agita sobre los mapas celestes como sobre los horarios de trenes
trashojados en busca de un transbordo”.
La torpe carrera de una jirafa, “con las patas anteriores, descuajaringando
hasta el suelo, como si no supieran cuáles de tantas articulaciones plegar”,
le recuerda a él mismo procediendo impulsado por movimientos de la mente no
coordinados; “el verde césped de su jardín, con la cuchilla de la cortadora revelando
sus discontinuidades, peladuras ralas, manchas amarillas”, le sugiere el
universo, finito, pero innumerable, inestable en sus confines, conjunto de
conjuntos; la abundante iconografía mexicana en las ruinas de Tula, la
serpiente emplumada, la escritura pictográfica, la serpiente con una calavera
dentro de las fauces, y el amigo mexicano que interpreta con toda elocuencia
cada imagen como la vida, la muerte, la continuidad; despierta en Palomar la
idea de que cada interpretación necesitaría otra a su vez , y ésta otra y así…
Esas vívidas descripciones y la mirada inquisitiva
del señor Palomar son una metáfora del hombre curioso e inquisitivo,
deslumbrado por el revuelto espectáculo de la realidad, con sus remotas
fronteras que se extienden de forma imprevisible, desde cualquier punto,
cercano o remoto, hasta donde alcanza la inteligencia y la imaginación. Es también
una tira de Ítalo Calvino impresa en papel revolución, con miles de puntos minúsculos
que gracias al espaciado dan la sensación de volumen, donde él escribe una
novela en su estudio, iluminado por la luz de la luna; la hoja de su máquina de
escribir se va constelando de ilegibles letras oscuras, como un firmamento en
negativo, donde residen maravillosas descripciones para todo aquel que prefiera
crear imágenes en su imaginación que verlas en la pantalla de un aparato, es
decir, para los lectores de este y los próximos milenios.
Nota publicada en la edición 755
de la Gaceta UdG
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Síndrome de Zelig
Hay muchos casos de personajes, ideas, situaciones, que la literatura exporta al inventario de ese otro mundo, paralelo a la ficción, que llamamos realidad. Por ejemplo, el término “bovarismo”, para referirse a personas insatisfechas por el contraste entre sus ilusiones y la realidad, es un préstamo de la primera novela moderna, escrita por Flaubert, que figura en los diccionarios de psicología. También están los llamados complejos de “Edipo y Electra”, extraido de las siete tragedias de Sófocles que escaparon a las llamas de Alejandría. El síndrome de Peter Pan, en alusión al personaje de J. M. Barrie, y los complejos de Caperucita y Cenicienta, de la tradición popular.
Woody Allen ha sido, por diversos motivos, galardonado en el mundo del cine, admirado por intelectuales, respetado por miles seguidores leales a su humor inteligente y sus experimentos lúdicos. Entre sus personajes más célebres, recuerdo al hipocondriaco de Hanna y sus hermanas, al guitarrista de Sweet and Low Down, megalómano, cleptómano, proxeneta; a al “Raskolnikov” de Match Point y, de manera muy especial, a Leonard Zelig, aparecido en la película que lleva su nombre. En 2007, la investigadora Giovannina Conchiglia propuso el término “Síndrome de Zelig”, para nombrar a enfermos con un padecimiento similar a dicho personaje.
Este 2013 se cumplen 30 años de Zelig, un falso documental escrito y dirigido por el famoso director neoyorquino. La obra trata de este hombre (protagonizado por el propio Allen), que padece una extraña condición psicológica: es capaz de camuflarse con las personas que lo rodean; adquiere sus habilidades, habla sus lenguas, incluso, transforma su constitución física para igualar a sus modelos. En una ocasión es un jazzista negro, en otra, habla coreano, en otra, es un cirujano que improvisa un parto con unas tenazas para agarrar hielo. Es tal su capacidad de multiplicarse en diversos avatares que inquieta hasta al Ku Klux Klan pues, según palabras del narrador, veían que podía convertirse en judío, en negro, y en chino, lo cual representaba una triple amenaza.
Su historia inicia en los años treinta, en Estados Unidos, cuando el escritor Scott Fitzgerald lo descubre en una fiesta. El relato avanza por medio de un contrapunto entre el retrato psicológico del protagonista, en forma de collage, a partir de diversos testimonios; y la relación de Zelig con su psicóloga, Eudora Fletcher (Mia Farrow), primero profesional, poco a poco, sentimental. En el fondo está el fenómeno mediático, las canciones de jazz en su honor, los programas de televisión, las entrevistas y su fama durante los años de la depresión.
Un rasgo interesante de cómo se cuenta la historia es que, tal como el personaje, la película se mimetiza con las grabaciones de los años treinta. Para lograr ese efecto Woody Allen consiguió cámaras y lentes de la época, y remató el artificio maltratando la cinta final para darle ese toque de senectud fílmica. También se valió con mucha fortuna de la llamada “pantalla azul” para mimetizar a su personaje con grabaciones auténticas, de tal manera que pareciera convivir en el mismo espacio que famosos personajes históricos, de la misma manera en que, años después, lo haría Robert Zemeckis en su Forest Gump.
Una curiosidad para los entusiastas de los cameos es que, igual que en Annie Hall aparece el gurú de los medios, Marshall McLuhan, regañando a un pseudointelectual por tergiversar sus conceptos; en Zelig, Woody Allen se hizo acompañar de la escritora e intelectual Susan Sontag, y del premio nobel de literatura, Saul Bellow, como parte de los supuestos entrevistados que glosan el peculiar caso de Zelig.
El resultado de toda esta pirotecnia de forma y fondo, es una parodia inteligente, divertida, polisémica, que se puede apreciar como un retrato psicológico, una historia de amor, un documental de la primera mitad del siglo veinte, con sus principales protagonistas, de las más variadas disciplinas, como Charles Lindbergh, Al Capone, Charlie Chaplin, Josephine Baker, Adolf Hitler, Babe Ruth, el Papa Pío XI. También como una obra que posee muchos de los rasgos más característicos de Woody Allen: el gusto por la experimentación, el sentido del humor, la síncopa del jazz, las referencias al psicoanálisis, el amor y un personaje tan peculiar que, como el actor de La rosa púrpura del Cairo, sale de la pantalla para incorporarse al mundo real.
Nota publicada en la edición 752
del suplemento cultural O2 de la Gaceta UdG
http://gaceta.udg.mx/G_nota1.php?id=14298
Nota publicada en la edición 752
del suplemento cultural O2 de la Gaceta UdG
http://gaceta.udg.mx/G_nota1.php?id=14298
Cruzar el anonimato
A
muchas personas nos fascina el inicio de una leyenda, tanto en el mundo de la
ciencia, como en la filosofía, la pintura, la música; quizá porque es el punto
de cruce entre el anonimato y el reconocimiento, la frontera entre el olvido y
la memoria. En ese sentido recuerdo a Picasso, siendo un niño al que su padre
le encargó pintar unas uvas y, según se cuenta, creo unas frutas tan perfectas
que su padre, abrumado, no volvió a levantar un pincel; recuerdo también a
Charles Bukowski, un cartero alcohólico que antes de sus 49 años, nadie sabía que era un excelente escritor,
hasta que el editor John Martin los publicó en Black Sparrow Press; y pienso
también en Los Beatles, soterrados en una “caverna” sudorosa de Liverpool,
hasta el día que el productor George Martin los sacó para llevarlos a los
estudios Abbey Road a grabar su primer disco.
Este 2013 se conmemoran 50 años de Please please me, el álbum debut de la
que ha sido considerada la banda más importante del siglo veinte. El álbum fue
grabado en tres sesiones de tres horas, en un mismo día. La producción costó
400 libras, una cifra irrisoria comparada con los 75,000 dólares que costó el Sargent Pepper, apenas cuatro años
después. En sólo doce horas, quedaron registrados los primeros sonidos de la
banda que interpretaría el soundrack
de los años sesenta y que, aun hoy, a medio siglo de distancia, sigue sonando
en todas las bocinas del planeta, en los idiomas más variados, reinterpretadas
con ritmos de jazz, salsa, bossa nova, tango, música culta.
El disco ganó adeptos muy rápido. El 11
de mayo de 1963 alcanzó el número uno en el Reino Unido, y así se mantuvo
durante 30 semanas hasta ser desbancado por los propios Beatles, con la
aparición de su segundo álbum With The
Beatles. La prestigiada revista Rolling
Stone situó al Please Please me
como uno de los mejores 500 discos de todos los tiempos.
Ese sería sólo el inicio de una
impresionante escalada hasta cimas desconocidas para cualquier otra agrupación.
En sólo ocho años, a partir de ese momento, ese cuarteto de jóvenes desaliñados
confeccionaría su leyenda. Del año 63 que iniciaron en la industria musical, al
70, cuando anunciaron su desintegración, pasaría de todo: surgiría la
beatlemania; McCartney compondría “Yesterday”, la canción más reinterpretada de
todos los tiempos y lideraría el Sargent
Pepper, primer disco conceptual de la historia; Lennon introduciría
mensajes subliminales en “Revolution 9” e incendiaría la opinión pública al
declarar que para algunas personas, Los Beatles eran más famosos que Jesús;
George Harrison iniciaría el mestizaje de los exóticos timbres hindúes con las
estridencias del rock.
Poco antes de ese primer disco, Please please me, cuando abarrotaban el
Cavern Club de Liverpool y los bares de Hamburgo, el sueño de ese cuarteto de
jóvenes provincianos era grabar un disco; unos meses después, ya eran más
famosos que Elvis Presley. La mayoría de ellos no tenía treinta años, cuando ya
habían revolucionado la música popular, se habían hecho millonarios y habían
conocido más fama y más éxito que ningún otro artista.
Algunas personas mayores dicen que
conocieron a Los Beatles por sus padres, y describen con emoción los gruesos
discos de vinilo que ponían sobre un tornamesa para que reprodujera,
contrapunteados con los rasgueos polvorientos de la aguja, la armónica de “Love
Me Do” y los gritos aguardentosos de John Lennon en “Twist and Shout”. Yo he
contado mi amistad con los Beatles a partir de casettes y discos compactos, y es de esperarse que cuando los
adolescentes de hoy sean abuelos, hablarán de cómo escuchaban al cuarteto de
Liverpool en un vetusto aparato llamado Ipod.
Las tecnologías para la reproducción
del sonido mutarán, las buenas bandas medianas y malas llegarán y se irán, el
mundo podrá ver carros voladores, deportistas robots, clonaciones humanas, softwares que creen novelas automáticas,
chips integrados al sistema nervioso, pero, como Bach, Beethoven, Mozart, es
muy probable que entonces sigan sonando las canciones de ese cuarteto que,
hasta las primera horas del 22 de marzo de 1963, sólo eran cuatro críos de
Liverpool, enfundados en pantalones de cuero que soñaban con grabar un
disco.
Nota publicada en la edición 750
del suplemento cultural O2 de la Gaceta UdG
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