Sinopsis Manuscrito hallado en un manuscrito



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Los diez cuentos que componen Manuscrito hallado en un manuscrito, se caracterizan por su experimentación formal. Los temas más recurrentes son el genio, la locura, la inteligencia artificial, el azar, el espíritu, la carne, el libre albedrío. El ensayo, la música, el artículo periodístico, la muñeca rusa, los espejos, son recipientes que el autor exporta de la vida y el arte para dar a cada relato un rostro distinto. Es un libro inscrito en la llamada metaliteratura. El trasfondo se deduce del epígrafe de Cioran que inaugura el libro: “Imaginar únicamente cosas que podríamos rumiar en una tumba”. 


Este cuento trata de ti
Es un divertimento donde el propio lector es el protagonista. La propuesta narrativa del autor puede leerse en esas líneas iniciales:
“Este cuento trata de ti, lector, leyendo este cuento…” 

Hacer bien las cosas
Aquí puede hallarse la influencia de Edgar Allan Poe en el perfil del protagonista, sólo que en circunstancias de la vida moderna.

El rondó de Sileno
Trata de cuatro personajes desconocidos entre sí, que coinciden en una estación de tren. La relación entre cada historia es conceptual. La estructura del cuento como la “Marcha turca” de Mozart, es un rondó (a-b-a-c-a-d).

Monólogo de un mitómano
Cantar más que contar es la razón de este monólogo. La anáfora y el ritmo lo protagonizan. El relato hace referencia a la célebre paradoja del mentiroso.

Es una elucubración inspirada en algunas teorías de la física moderna.

Suite para violonchelo
Trata de la imaginación, el genio, la locura, el sueño, el arte… admite varias lecturas.

Fundamentación heurística de la costumbre
Refiere la falta de inspiración y cuestiona la inteligencia artificial.

Scheherazada y la Inteligencia Artificial
Disfrazado de un artículo periodístico, hace un breve recuento de la historia de la Inteligencia artificial y nos presenta un software capaz de crear todo tipo de cuentos y novelas por sí mismo, a partir de características delimitadas por el usuario:

“(…) los lectores podríamos acceder a las obras que Shakespeare jamás escribió, pero pudo haber escrito; a las nuevas erratas de Cervantes y los nuevos gags de Bernard Shaw; a un Papini virtual que volvería convertido al budismo; a un repertorio tan estirado de Las mil y una noches que ya nadie querría saber nada de emires, efrits y lámparas maravillosas; Bukowski regresaría con otras aventuras, Cortázar inventaría una nueva camada de bichos abstractos y Lewis Carroll podría adaptar el teorema de Gödel a sus nuevas creaciones matemático-literarias”.

La época del amor binario
Es una variante del relato anterior. Cuenta la aventura de un hombre adicto a la filosofía y al sexo, que cambia a su amante en turno por una muñeca de sexta generación:

"Con sólo teclear unos cuantos comandos y seguir los cuadro de diálogo configuré una obra maestra: Su nombre era Alondra: Joven de diecisiete años, piel blanca, pómulos altos, cabello negro y un cuerpo esbelto, pero sano. Amaría el jazz, la comida cubana, el teatro de Camus, las acrobacias eróticas y el cine expresionista alemán. En la mesa sería una conversadora inagotable, de temas tan excitantes y variados como la escultura cinética, el idealismo de Berkeley, las matemáticas del caos, o el Baghavad Gita; y en la cama estaría kamasútricamente entrenada para atender mis más geniales caprichos, sin la menor atenuante atlética ni moral." (leer en línea)

Manuscrito hallado en un manuscrito
Oskar, un joven escritor, ve un rótulo afuera de una vecindad que lo desconcierta por ser idéntico al descrito en una historia que empezó a escribir la noche anterior. El rótulo anuncia una librería que vende manuscritos. Adentro encuentra al anciano que los escribe y una considerable producción. Los hojea; nada le interesa. El anciano le regala un manuscrito antes de que se vaya. El libro cuenta la propia vida de Oskar, desde su infancia hasta el momento en que llegó a la librería. Cuando Oskar se da cuenta que todo lo que ha vivido no es sino la mitad del libro, y lo que está en la otra mitad es lo que no, corre a terminar su cuento iniciado la noche anterior, y le da un giro a a toda la historia… Se trata de un relato en abismo, como los grabados de Escher, las paradojas de Zenón, la novela Niebla, de Miguel de Unamuno o “Continuidad de los parques”, de Julio Cortázar.









Prólogo de Marco Aurelio Larios


Uno de los aciertos de Manuel Fons en Manuscrito hallado en un manuscrito consiste en dejar claro a sus lectores que la gran literatura se debe al artificio de sus escritores. Genio e ingenio, destreza mental, alteridad o desdoblamiento, juego de espejos, el lector como escritor, el personaje como autor, son las propuestas de este joven literato que ahora nos ofrece sus primeras ficciones.


Como libro inicial, Manuel Fons se atreve a mostrar la influencia de sus lecturas, la de los grandes maestros (igual Borges que Cervantes), solamente para poner en práctica lo aprendido. Allí donde un escritor novel imita y repite, a manera de sombra diluida, ya el tema, ya la técnica o el procedimiento, Manuel Fons retoma mejor la actitud de aquellos sus predecesores literarios, es decir, la intención lúdica de hacer consciente que la literatura es artificio. No al engaño ilusionista del realismo burdo y escueto; no a la transmutación mágica peyorativa. Más bien, puestas las cartas sobre la mesa –pago por ver¬–, se descoloca de cualquier novatez y pisa firme en las letras jaliscienses.

Pocas veces tenemos en las manos un libro inicial de un escritor ya iniciado (y bastante) en la buena literatura. Sean estas palabras escritas una manera de franquear su paso.



Marco Aurelio Larios

Letras y círculos


La limpia silueta de un libro circular sobre una torre de libros, llamó la atención del joven lector. Reflexionó en que llamar al vendedor para que le alcanzara el libro sería tan deshonroso como pedirle que lo leyera por él. Conseguir un libro en el plano físico vale por una metáfora del estético o el filosófico. Maniobró hasta conseguirlo. La pasta era negra con filos rojos, las letras, de un idioma que dedujo árabe por las formas manieristas
Giró la pasta para abrir el libro, y entonces, un fino polvo de letras y años inspiró en su memoria el recuerdo de la doctrina del círculo y el eterno retorno, y con ello la historia del chino y la mariposa, finamente hilada a su idea de escribir un poema donde un Rabí, al final, no sin inquietud, comprendiera que, en realidad, él también era un organismo compuesto por palabras, y que al caligrafiar la figura del Gölem, no hacía más que elucidar la imagen de su propio creador, como en ese grabado de Escher donde una mano dibuja otra mano que a su vez la dibuja, o como si la explosión final que dará fin al universo, el Big Crunch, fuera homónima de la que lo originó, y la historia del cosmos: la materia inerte, las células, los dinosaurios, el hombre, y toda la vida que conocemos y la que no, fueran sólo un péndulo de Foucault trazando un mismo círculo de arena, o como si un ser vivo, violando las leyes de la física y la biología, cruzara la curvatura de tiempo y espacio y, después de millones de años, tras cruzar planetas estrellas supernovas y galaxias, llegara al interior de un átomo, y luego a una molécula y luego, inevitable, al punto de partida: no sólo en espacio sino en tiempo.
Mientras el joven reflexionaba de esta manera, se ligaba en su interior la relación entre lo que pensaba y lo que veía: En un plano el círculo y el infinito, en el otro, un texto escrito en caracteres arábigos. Pensó que sería extraordinario poder apresar el infinito, no en el espacio, como en la pintura, ni en el tiempo, como en la música, sino ambos, que todo sucediera de manera simultánea y en un mismo punto, una esfera cuyo nombre sería la primera letra del alefato. Entonces vio en su mente, como en una suerte de película, el populoso mar, el alba y la tarde, las muchedumbres de América, una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide con sus cinco ojos redondos reflejando laberintos, tigres, oncolitos, relojes de arena, y espejos que a su vez reflejaban arañas, racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, huevos de termitas incrustados en bloques de ámbar, y un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, y donde ahora surgía la biblioteca Nacional de Buenos Aires, y se vio a sí mismo, el mejor lector, viejo, conducido por un lazarillo, víctima de ese Demiurgo negro que provocó la sordera de Beethoven, la locura de Nietzsche y la artritis de Renoir, el que mató a Lully con su propia batuta y encerró la mente de Stephen Hawking, exploradora de los confines del universo, en un cuerpo enfermo de parálisis espática. Supo que él sería director de esa ciudad de libros que, por su condición física le estarían prohibidos, repitiendo el destino de Groussac, y que escribiría un cuento llamado “El Aleph” y que estudiaría antiguo anglosajón y escandinavo, y que no vería el Nobel, y que moriría en Suiza en 1986 y al final de su vida, cuando el ser que nos sueña dejara de soñarlo, vería un túnel con una luz al fondo, y al cruzarla giraría la rueda cósmica y el estaría naciendo otra vez en Argentina, en el año de 1899, y sería otra vez Borges, y llegaría una tarde francesa en que entraría a una librería de viejo y hallaría un libro de forma circular escrito en caracteres arábigos que le darían por instantes la intuición de que el tiempo, el espacio y el ser no son más que un movimiento perpetuo.