Síndrome de Zelig




Hay muchos casos de personajes, ideas, situaciones, que la literatura exporta al inventario de ese otro mundo, paralelo a la ficción, que llamamos realidad. Por ejemplo, el término “bovarismo”, para referirse a personas insatisfechas por el contraste entre sus ilusiones y la realidad, es un préstamo de la primera novela moderna, escrita por Flaubert, que figura en los diccionarios de psicología. También están los llamados complejos de “Edipo y Electra”, extraido de las siete tragedias de Sófocles que escaparon a las llamas de Alejandría. El síndrome de Peter Pan, en alusión al personaje de J. M. Barrie, y los complejos de Caperucita y Cenicienta, de la tradición popular. 

Woody Allen ha sido, por diversos motivos, galardonado en el mundo del cine, admirado por intelectuales, respetado por miles seguidores leales a su humor inteligente y sus experimentos lúdicos. Entre sus personajes más célebres, recuerdo al hipocondriaco de Hanna y sus hermanas, al guitarrista de Sweet and Low Down, megalómano, cleptómano, proxeneta; a al “Raskolnikov” de Match Point y, de manera muy especial, a Leonard Zelig, aparecido en la película que lleva su nombre. En 2007, la investigadora Giovannina Conchiglia propuso el término “Síndrome de Zelig”, para nombrar a enfermos con un padecimiento similar a dicho personaje.

Este 2013 se cumplen 30 años de Zelig, un falso documental escrito y dirigido por el famoso director neoyorquino. La obra trata de este hombre (protagonizado por el propio Allen), que padece una extraña condición psicológica: es capaz de camuflarse con las personas que lo rodean; adquiere sus habilidades, habla sus lenguas, incluso, transforma su constitución física para igualar a sus modelos. En una ocasión es un jazzista negro, en otra, habla coreano, en otra, es un cirujano que improvisa un parto con unas tenazas para agarrar hielo. Es tal su capacidad de multiplicarse en diversos avatares que inquieta hasta al Ku Klux Klan pues, según palabras del narrador, veían que podía convertirse en judío, en negro, y en chino, lo cual representaba una triple amenaza.

Su historia inicia en los años treinta, en Estados Unidos, cuando el escritor Scott Fitzgerald lo descubre en una fiesta. El relato avanza por medio de un contrapunto entre el retrato psicológico del protagonista, en forma de collage, a partir de diversos testimonios; y la relación de Zelig con su psicóloga, Eudora Fletcher (Mia Farrow), primero profesional, poco a poco, sentimental. En el fondo está el fenómeno mediático, las canciones de jazz en su honor, los programas de televisión, las entrevistas y su fama durante los años de la depresión.

Un rasgo interesante de cómo se cuenta la historia es que, tal como el personaje, la película se mimetiza con las grabaciones de los años treinta. Para lograr ese efecto Woody Allen consiguió cámaras y lentes de la época, y remató el artificio maltratando la cinta final para darle ese toque de senectud fílmica. También se valió con mucha fortuna de la llamada “pantalla azul” para mimetizar a su personaje con grabaciones auténticas, de tal manera que pareciera convivir en el mismo espacio que famosos personajes históricos, de la misma manera en que, años después, lo haría Robert Zemeckis en su Forest Gump.

Una curiosidad para los entusiastas de los cameos es que, igual que en Annie Hall aparece el gurú de los medios, Marshall McLuhan, regañando a un pseudointelectual por tergiversar sus conceptos; en Zelig, Woody Allen se hizo acompañar de la escritora e intelectual Susan Sontag, y del premio nobel de literatura, Saul Bellow, como parte de los supuestos entrevistados que glosan el peculiar caso de Zelig.

El resultado de toda esta pirotecnia de forma y fondo, es una parodia inteligente, divertida, polisémica, que se puede apreciar como un retrato psicológico, una historia de amor, un documental de la primera mitad del siglo veinte, con sus principales protagonistas, de las más variadas disciplinas, como Charles Lindbergh, Al Capone, Charlie Chaplin, Josephine Baker, Adolf Hitler, Babe Ruth, el Papa Pío XI. También como una obra que posee muchos de los rasgos más característicos de Woody Allen: el gusto por la experimentación, el sentido del humor, la síncopa del jazz, las referencias al psicoanálisis, el amor y un personaje tan peculiar que, como el actor de La rosa púrpura del Cairo, sale de la pantalla para incorporarse al mundo real.

Nota publicada en la edición 752
del suplemento cultural O2 de la Gaceta UdG
http://gaceta.udg.mx/G_nota1.php?id=14298

Cruzar el anonimato


A muchas personas nos fascina el inicio de una leyenda, tanto en el mundo de la ciencia, como en la filosofía, la pintura, la música; quizá porque es el punto de cruce entre el anonimato y el reconocimiento, la frontera entre el olvido y la memoria. En ese sentido recuerdo a Picasso, siendo un niño al que su padre le encargó pintar unas uvas y, según se cuenta, creo unas frutas tan perfectas que su padre, abrumado, no volvió a levantar un pincel; recuerdo también a Charles Bukowski, un cartero alcohólico que antes de sus 49 años,  nadie sabía que era un excelente escritor, hasta que el editor John Martin los publicó en Black Sparrow Press; y pienso también en Los Beatles, soterrados en una “caverna” sudorosa de Liverpool, hasta el día que el productor George Martin los sacó para llevarlos a los estudios Abbey Road a grabar su primer disco.

Este 2013 se conmemoran 50 años de Please please me, el álbum debut de la que ha sido considerada la banda más importante del siglo veinte. El álbum fue grabado en tres sesiones de tres horas, en un mismo día. La producción costó 400 libras, una cifra irrisoria comparada con los 75,000 dólares que costó el Sargent Pepper, apenas cuatro años después. En sólo doce horas, quedaron registrados los primeros sonidos de la banda que interpretaría el soundrack de los años sesenta y que, aun hoy, a medio siglo de distancia, sigue sonando en todas las bocinas del planeta, en los idiomas más variados, reinterpretadas con ritmos de jazz, salsa, bossa nova, tango, música culta.

El disco ganó adeptos muy rápido. El 11 de mayo de 1963 alcanzó el número uno en el Reino Unido, y así se mantuvo durante 30 semanas hasta ser desbancado por los propios Beatles, con la aparición de su segundo álbum With The Beatles. La prestigiada revista Rolling Stone situó al Please Please me como uno de los mejores 500 discos de todos los tiempos.

Ese sería sólo el inicio de una impresionante escalada hasta cimas desconocidas para cualquier otra agrupación. En sólo ocho años, a partir de ese momento, ese cuarteto de jóvenes desaliñados confeccionaría su leyenda. Del año 63 que iniciaron en la industria musical, al 70, cuando anunciaron su desintegración, pasaría de todo: surgiría la beatlemania; McCartney compondría “Yesterday”, la canción más reinterpretada de todos los tiempos y lideraría el Sargent Pepper, primer disco conceptual de la historia; Lennon introduciría mensajes subliminales en “Revolution 9” e incendiaría la opinión pública al declarar que para algunas personas, Los Beatles eran más famosos que Jesús; George Harrison iniciaría el mestizaje de los exóticos timbres hindúes con las estridencias del rock.

Poco antes de ese primer disco, Please please me, cuando abarrotaban el Cavern Club de Liverpool y los bares de Hamburgo, el sueño de ese cuarteto de jóvenes provincianos era grabar un disco; unos meses después, ya eran más famosos que Elvis Presley. La mayoría de ellos no tenía treinta años, cuando ya habían revolucionado la música popular, se habían hecho millonarios y habían conocido más fama y más éxito que ningún otro artista.

Algunas personas mayores dicen que conocieron a Los Beatles por sus padres, y describen con emoción los gruesos discos de vinilo que ponían sobre un tornamesa para que reprodujera, contrapunteados con los rasgueos polvorientos de la aguja, la armónica de “Love Me Do” y los gritos aguardentosos de John Lennon en “Twist and Shout”. Yo he contado mi amistad con los Beatles a partir de casettes y discos compactos, y es de esperarse que cuando los adolescentes de hoy sean abuelos, hablarán de cómo escuchaban al cuarteto de Liverpool en un vetusto aparato llamado Ipod.

Las tecnologías para la reproducción del sonido mutarán, las buenas bandas medianas y malas llegarán y se irán, el mundo podrá ver carros voladores, deportistas robots, clonaciones humanas, softwares que creen novelas automáticas, chips integrados al sistema nervioso, pero, como Bach, Beethoven, Mozart, es muy probable que entonces sigan sonando las canciones de ese cuarteto que, hasta las primera horas del 22 de marzo de 1963, sólo eran cuatro críos de Liverpool, enfundados en pantalones de cuero que soñaban con grabar un disco.   

Nota publicada en la edición 750
del suplemento cultural O2 de la Gaceta UdG

Tu soundtrack



Una forma más original de hacer una autobiografía sería antologar las percepciones de uno solo de tus cinco sentidos. En lugar de escribir un libro con cientos de páginas que contara todas las peripecias de tu vida, podrías grabar un disco, una especie de soundtrack autobiográfico, que compendiara las canciones elegidas por tu memoria para representar un momento significativo. Gracias a las huellas mnémicas de la música, viajarías en el tiempo y el espacio: escucharías las voces de amigos que ya no recordabas, volverías a sentir la emoción de esos viejos amores, regresarían aquellas imágenes del barrio y la ciudad que se fueron remodelando hasta desaparecer, en suma, verías pasar tu vida durante algunos minutos. Lo mejor de todo es que ese soundtrack sería como un código ultrasecreto: sólo tú serías capaz de descifrar las emociones ocultas en él. Como prueba de mi confianza en ese encriptamiento, yo mismo contaré aventuras, viajes, amores, cifrados en unas cuantas canciones, sin miedo a que caiga en manos del CISEN, Scotland Yard o la CIA. La lista es algo heterodoxa, pero, la vida también lo es: “Alley Cat”, Bent Fabric (la canción de los helados); “Girl”, The Beatles; “High and Dry (acoustic)” Radiohead; “Look at me”, John Lennon; “Óleo de una mujer con sombrero”, Silvio Rodríguez; “Aquellas pequeñas cosas”, Joan Manuel Serrat; “Capricho 24” Niccolo Paganini; “Like a Rolling Stone”, Bob Dylan; “Antenas al porvenir”, David Aguilar. “Run of the Mill”, George Harrison, "La carta", Violeta Parra; "Love Street", The Doors; "Como un gorrión", Joan Manuel Serrat, "Piggies", The Beatles"...

Para crear tu propio soundtrack, de acuerdo con mi propuesta, te invito a seguir estos cuatro sencillo pasos:
1.      Si tu vida fuera una película, piensa en los diez o quince momentos que la representarían. Si quieres que sea una película tipo Walt Disney, elige sólo canciones relacionadas con los momentos buenos; si quieres que haya tensión, incluye momentos penosos; si prefieres un relato erótico… en fin, supongo que se entiende la idea.
2.      Piensa en qué canción te recuerda más a cada uno de esos momentos. Es muy importante no elegir las que más te gustan, sino las que te recuerdan más a ese momento. Esto puede dar como resultado un soundtrack donde se combina una canción del piporro con una de Pink Floyd, pero no te angusties: es una antología mnémica, no estética.
3.      Graba un disco con esas canciones, de la más antigua a la más nueva. Si te gusta más lo experimental puedes probar con otras estructuras narrativas: in extrema res (de fin a principio), in media res (tipo Forest Gump), o fractal (es decir, pon el random).
4.      Apártate, ve a un lugar cómodo, ponte unos audífonos y pícale al play.



Nota publicada en La canica

¿Qué diría el zorro?


Los adultos son muy extraños, muy pocas veces se dan cuenta de las cosas importantes porque se la pasan haciéndose los serios, trabajando, acumulando objetos, realizando cuentas de muchas cifras, y cuando se quieren lucir diciendo que vieron una película o leyeron un libro, eligen la película más aburrida o el libro con más páginas, para que los demás piensen que son muy listos. Los adultos son como los actores: no hacen para ellos, sino para el público.  
Por eso se me hacía muy raro que les gustara, El principito: un libro donde no hay esas palabras largas y raras, como de diccionario, y no es gordo ni pesado como los que tantos les gustan, ni tiene todas esas letras chiquitas, apretadas una detrás de otras como baobabs que crecen y se extienden de la primera a la última página, sin espacios para descansar, ni dibujos para colorear. De vez en cuando los adultos, por casualidad o por un chispazo de inteligencia, se divierten como niños.
El principito es un libro que escribió un francés llamado, Antoine de Saint-Exupéry, que cuenta la historia de un piloto aviador, perdido en el desierto del Sahara, y un joven de cabello rubio, que viene de otro planeta: el asteroide B 612, apenas más grande que una casa. El principito le cuenta de los seis planetas que conoció antes de llegar a la tierra, en cada uno hay un adulto que se esfuerza por un proyecto ridículo, o lo domina una ridícula obsesión: un borracho que bebe para olvidar la vergüenza de que es un borracho, un rey de un planeta donde no hay nadie a quien gobernar, un geógrafo que es un experto en un planeta del que no conoce sino los mapas, un hombre de negocios, muy serio, que se dedica a contar estrellas con la pretensión de que son suyas por ser el primero en contarlas.
En el planeta tierra conoce a mi personaje preferido, que es un zorro, con orejas muy largas, como cuernos. A mí me parece un animal muy gracioso porque lo único que llama su atención de los humanos es que crían gallinas, y cuando el principito le cuenta de su planeta y le dice que no hay cazadores, por primera vez en su rápido encuentro, el zorro dice, “¡eso sí que es interesante!”… luego se desanima cuando sabe que tampoco hay gallinas. También se me hace tierno cuando explica la palabra “domesticar”: “Para ti no soy más que un zorro parecido a cien mil zorros. Pero si me domesticas, nos necesitaremos el uno al otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo”.
Yo no entiendo mucho del mundo de los grandes, pero sí sé que, por lo regular, las cosas de niños son para los niños y las de los adultos, para los adultos. Tengo un tío que tiene muchos años y sólo lee libros que hayan ganado premios o que aparezcan en un listado, dice que los demás no tienen chiste. Un día le pregunte quién leería los libros nuevos y me respondió que nadie. Es muy aburrido tener que explicarle todo a los grandes, algunos sólo podrían disfrutar de un caramelo si está envuelto en papel celofán, prefieren el brillo que el sabor.
Yo, igual que el principito, nunca me quedó con ninguna pregunta, y de pronto me dio curiosidad saber por qué a tanta gente le gusta ese libro, pero parece que nadie entendió nada, o que todos entendieron algo distinto: mis amigos dijeron que les gustaba El principito, porque el protagonista es un niño, y porque está lleno de situaciones divertidas, tiene letras grandes y dibujitos; los adultos me dijeron que lo bueno están en que cada personaje esconde una crítica al mundo de los grandes y algunas frases como estas, significan muchas cosas: “a nosotros que comprendemos la vida, los números nos importan un comino”, “tendré que aguantar dos o tres orugas si quiero conocer las mariposas”, “si consigues juzgarte bien, es que eres un verdadero sabio”; un maestro, al que le gustan los números y las listas, dice que es un gran libro porque es la obra en francés más leída y traducida, y porque ha vendido más de 140 millones de copias, y porque esa historia la han contado en teatro, en cine, en caricaturas, en óperas. Si quieren saber la verdad, me recordó al borracho que sale en el libro.
No sé si ya lo había dicho, pero yo casi nunca me guardo ninguna pregunta y, como nadie pudo responderme, se me ocurrió abrir el libro y preguntarle a mi personaje preferido, entonces apareció el zorro con sus orejas largas como cuernos y me reveló este secreto, que se los voy a contar como él me lo dijo, en voz bajita, pero, por favor, no se lo digan a nadie, porque me da pena: “sólo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos”. Entonces pensé que todavía hay mucha gente que puede ver de esa manera y esa respuesta sí me gustó, y me quedé a gusto, y ya no le pregunté a nadie más.

Nota publicada en la edición 744 
del suplemento cultural O2  de  La gaceta, udG

Concierto para abucheos y orquesta


Uno de los episodios más espectaculares en la historia del arte, no sólo por lo que ocurrió, sino por lo que representa, fue el estreno en París del ballet, La consagración de la primavera: música de Stravinsky, con coreografía de Vaslav Nijinsky, hace exactamente un siglo, poco antes de que estallara la primera guerra mundial. Cada una de las muchas versiones con que se ha relatado el episodio, agrega un nuevo matiz al inesperado escándalo que desató la representación escénica de un rito eslavo, donde una virgen es sacrificada en honor a la primavera, contrapunteada con la música de Stravinsky, impredecible, caótica, infernal.
Se dice que, Camille Saint-Saënz, uno de los músicos más respetados del momento, salió del lugar en los primeros compases de la obra; la gente, con sus abanicos y sus monóculos, aturdida por esa sucesión vertiginosa de notas violentas y arrítmicas, de pronto perdió el control y la etiqueta: unos maullaban, otros gritaban y abucheaban, los más furiosos, lanzaban sillas; Jean Cocteau observó a la anciana condesa de Pourtalés ponerse de pie y gritar: "¡Esta es la primera vez en sesenta años que alguien se ha atrevido a tomarme el pelo!"; se dice que más de cuarenta personas fueron expulsadas del recinto; otros testimonios refieren insultos, cachetadas, puñetazos y, en términos generales, se dice que aquel templo de la urbanidad y el buen gusto, se transformó de un momento a otro en un pandemonio, una suerte de pelea campal entre los defensores de los valores establecidos y los entusiastas de la novedad y la ruptura.
Más allá del inesperado espectáculo que se vivió en el Théâtre des Champs-Élysées, y las decenas de anécdotas que enriquecen el drama, la tensión, la intriga de esa noche disonante, lo más extraordinario del suceso, a mi parecer, es su valor simbólico, pues ilustra de maravilla una colisión entre los valores viejos y los nuevos. En una entrevista para la revista Sur, Stravinsky reveló su devastadora concepción de la armonía: “Como medio de construcción musical, la armonía ya no ofrece recursos que puedan indagarse y de los que puedan sacarse provecho. Para el oído contemporáneo (y también para el cerebro), hace falta otra manera de acercarse a la música totalmente diferente”.
Estas ideas de Stravinsky tomaron su forma más alta a sus treinta y un años, cuando conmocionó a los oyentes parisinos con esa composición plagada de disonancias, ritmos delirantes, y convulsas líneas melódicas, en una orquestación, si bien inspirada en el viejo folclor eslavo, configurada de una manera inédita en el mundo de la música culta, tal como lo había hecho un pintor español disuelto en el público, Pablo Picasso, cuando se inspiró en el arte africano para crear los rasgos cubistas en “Las damas de Aviñón”, un lienzo que, como la pieza en dos actos del compositor ruso, iniciaría la primavera estética del siglo veinte. Al final de la representación, Stravinsky salió por la puerta trasera como un pájaro en llamas.
Se pueden contar por cientos las peripecias análogas a esta en la historia del arte, la filosofía, la ciencia; de cuando personas, que ahora llamamos genios, fueron escarnecidas o menospreciadas por un público que no los comprendía. Por lo general se toma por necios a quienes no supieron ver en esas mentes innovadoras un anticipo del nuevo orden por venir, pero si en lugar de verlo de una manera diacrónica, lo analizáramos en su tiempo y espacio, quizá nos daríamos cuenta de que, como en la economía, no es tan fácil reconocer las tendencias pues en todo momento, conviven y se mezclan los genios con los farsantes, y sólo los más entendidos o intuitivos en una disciplina alcanzan a distinguir lo ramplón de lo eminente.
Ahora nos resulta sencillo aceptar la música de Stravinsky porque hemos convivido desde que nacimos con la música atonal: la escuchamos en comerciales, películas, caricaturas; forman parte de nuestro soundtrack de vida, tanto las simétricas composiciones de Bach, como el dodecafonismo de Schönberg, la síncopa del Jazz, las melodías de Los Beatles; sin embargo, ese 29 de mayo de 1983, mucha gente se vio en el dilema de portar oídos viejos para escuchar una música nueva, de tener un aparato perceptual que a lo sumo aceptaba el cromatismo de Wagner o Debussy, pero no sabía gran cosa de la revolución que cambiaría para siempre nuestra comprensión y percepción de la música.

Nota publicada en la edición 743
del suplemento cultural O2, de La gaceta UdG

http://gaceta.udg.mx/Hemeroteca/paginas/743/G743_O2%2011.pdf

Los Simpsons y la nave de Teseo





Bart Simpson repite en un pizarrón: The old writers weren´t replaced by an army of monkeys. Suena el timbre y huye en su patineta. Homero sale de la planta nuclear con una barra de plutonio en la espalda. Expulsan a Lisa del ensamble musical. Marge entra a la cochera atropellando a Homero. Toda la familia coincide en el sofá de su sala, enfrente del televisor. Inicia una vertiginosa progresión de sustituciones: cambia la casa, el sofá, la tele, les cambia el color de la piel, crece vello en sus rostros. Para ese momento, ya no son los Simpsons, sino cinco changos, curiosos, viendo la sombra de un televisor proyectada sobre el muro de una caverna. Suena es estribillo de la serie y aparecen los créditos con el estilo de una pintura rupestre. 

Los Simpsons es una obra de ficción que prácticamente a tratado todos los temas, de todas las maneras posibles; para cartografiarla, habría que definir y describir el estilo de vida americano y, por extensión, al hombre y la posmodernidad. En el período clásico de la serie, que podríamos ubicar, poco más o menos, entre la primera y la octava temporada, Los Simpsons desplegaron todos los rasgos que la inmortalizarían como una de las más influyentes en la cultura occidental. Por entonces, el programa destacaba en todas sus líneas: argumentos originales, dilemas complejos, humor inteligente, frases ingeniosas al grado de que algunos capítulos, rozaron o alcanzaron la perfección creativa y cruzaron la línea del mero entretenimiento para ocupar un puesto entre las obras de arte. 

A los seguidores de esos episodios, les sucede como a los lectores de grandes aforistas, Nietzsche, Lichtenberg, Oscar Wilde, que siempre los asaltan ocasiones para citar una frase o chiste, y el acervo de la serie es tan vasto, que cada quien tiene las suyas. Las más apreciadas, claro, son las de Homero Simpson: "¿Y si era tan listo porqué se murió?"; "El alcohol: la causa y la solución de todos nuestros problemas"; “¡Bart, con 10.000 dólares seríamos millonarios! Podríamos comprar todo tipo de cosas útiles, como… ¡Amor!”; "No soy un hombre de plegarias, pero, si estás en el cielo: ¡Sálvame, por favor, Superman!" 

Un rasgo muy singular de Los Simpsons clásicos, fue el de gustar tanto a los niños, como a los adultos, al público promedio y al culto; para cada persona había un personaje o una situación con la cual identificarse, no faltaba el humor físico, ni el verbal, el chascarrillo inocente y la oscura ironía. Ejemplo: Homero Simpson trata de dar un consejo a Bart y recuerda el único que le dio su padre. “Homero eres tonto como una piedra y feo como una blasfemia. Si un extraño ofrece llevarte, te subes”. 

Después de ese período de humor sulfúrico en contra de la religión, la ciencia, los medios, la política, integrado en relatos rítmicos, estructurados, perspicaces, la serie se convirtió en Juan Topo recibiendo un balonazo en la ingle. Los argumentos se tornaron débiles, desarticulados, triviales. Cada nuevo episodio, más que un relato orgánico, con una estrecha relación entre sus componentes para sostener un edificio narrativo, se volvió una concatenación de chistes fáciles, de repeticiones y pastelazos, incrustados sobre una floja cadena de peripecias. Las magias que hacían brillar la serie se eclipsaron al punto de que ya no parecía ser la misma. 

Para ilustrar este dilema, cito una leyenda relatada por Plutarco: "El barco en el cual volvieron (desde Creta) Teseo y los jóvenes de Atenas tenía treinta remos, y los atenienses lo conservaban desde la época de Demetrio de Falero, ya que retiraban las tablas estropeadas y las reemplazaban por unas nuevas y más resistentes, de modo que este barco se había convertido en un ejemplo entre los filósofos sobre la identidad de las cosas que crecen; un grupo defendía que el barco continuaba siendo el mismo, mientras el otro aseguraba que no lo era." 

Esta vieja reflexión se conoce como “La paradoja de Teseo” y, como puede apreciarse, ilustra de maravilla el conflicto de identidad entre los dos períodos de Los Simpsons. Ahora que el canal Fox en español ha estrenado la temporada 24 de la serie, todo sigue sucediendo en Springfield, los personajes son los mismos, la música suena igual, los actores de doblaje, en la serie original, se mantienen, pero ¿siguen siendo Los Simpsons? 

De acuerdo con Matt Groening, “la serie sigue siendo tan buena o mejor que siempre. La animación es increíblemente detallista e imaginativa y las historias cuentan cosas que nunca antes habían ocurrido”. Habrá quién concuerde con esta respuesta del creador de la serie. No obstante, para otros, sería más apropiado citar la siguiente frase de Homero Simpson: “Esas son historias que le cuentan a los niños, como el Coco, Frankenstein o Michael Jackson”.

Nota publicada en la edición 742
del suplemento cultural O2 de la Gaceta Udg

Cine que sí cuenta



Distingo dos enfoques entre los mejores directores: los que defienden la autonomía del cine, con respecto a la literatura y consideran la historia un mero pretexto para prodigar recursos audiovisuales; y aquellos que conciben el cine como el arte de contar una historia utilizando los vívidos recursos del séptimo arte. Para la primera lista, pienso en Greenaway, Kurosawa, Godard; en la segunda, destacaría a Charles Chaplin, Woody Allen, Polanski.
            De entre las muchas películas que ha escrito o coescrito, Roman Polanski, una de mis preferidas es, Bitter Moon. Lo que hallo más interesante es que recorre en, poco más de dos horas, todo el espectro de sentimientos y emociones, positivas y negativas, relacionadas con el amor, desde la magia inicial y los primeros destellos de una relación, hasta el aburrimiento, el hastío y la franca brutalidad. No recuerdo otra película que logre esa progresión psicológica y emocional de una manera tan espléndida como esta obra, ejemplo maravilloso de cómo contar una historia con cámaras y micrófonos, de cómo hacer cine literario.