SINOPSIS de El insulto como una de las bellas artes





1. En este libro escribí algunas de las cosas que pienso sobre temas tan diversos como el arte conceptual, el reggaetón, la física cuántica, las mujeres bonitas, la inteligencia artificial, los aparatos de tortura, la burocracia mexicana, Netflix, los cavernícolas, la sabiduría, las religiones, los androides, los intelectuales orgánicos, los normales, los ricos, la gente que no sabe mentir…

2. También cuento anécdotas como la del tipo que hablaba como las traducciones ibéricas de Bukowski, la competencia del merolico contra el violinista, la broma que le hice al supuesto crítico de arte, el jefe que me reclamó porque no vendía discos de música clásica, el maestro de mecánica que se burlaba de la filosofía, el sacerdote que rezaba para que ganaran las Chivas, la mujer que se jactaba de haber practicado todo el Kamasutra...

3. Algunas de estas anécdotas implican a personas que conozco o he conocido, tanto en roles protagónicos como secundarios. Omití los nombres para no adular ni herir a nadie, pero cualquier parecido con la realidad, no es coincidencia.


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La terrorífica sección de preguntas del público




Cuando terminó la película, la moderadora invitó al público a plantear sus inquietudes a los artistas. Un joven, con la camisa más pulcra de la sala y la barba más desaliñada de la ciudad, tomó el micrófono para hacerle una pregunta a la directora, que más bien era un comentario, que, siendo más precisos, era una retahíla de enunciados caóticos como su vello facial, exigiendo por todos los medios la aprobación del público y los panelistas, con una horrenda combinación de crítica social y frases tan cursis que empalagarían incluso a los fans de Paulo Coelho.


Como el público aún tenía sus palmas muy quietas, en posición de reposo, el joven siguió su pregunta-comentario-discurso dando giros sobre las mismas ideas, con todos los sinónimos que recordaba, introduciendo los más variados ejemplos, incluyendo su vida, la vida de sus amigos y la de los enemigos de sus amigos. 

Hizo una pausa para tantear los ánimos y chirrió un desagradable silencio en los oídos de la gente, como cuando acercan un micrófono a una bocina, entonces vio que era un público difícil y continuó, pero como ya escaseaban los sinónimos y los ejemplos, introdujo otros elementos que no iban al caso, pero que, según su instinto retórico, se sumarían en el ánimo de los escuchas y consolidarían la unidad de efecto. De alguna manera imaginaba que al final del evento las chicas hermosas le pedirían su teléfono y su autógrafo escritos sobre sus cuerpos desnudos, y le rogarían que las instruyera en los misterios del arte, la filosofía, la vida y el erotismo. 

Ya sonaban los bostezos y se veían las caras largas, los ceños fruncidos, algunos veían su celular desesperados, en busca de algún mensaje de texto o alguna noticia que los distrajera; los panelista veían el reloj, se mordían las uñas, acechaban el micrófono para interrumpirlo en cuanto se presentara la ocasión, como transeúntes indefensos en medio de una autopista de palabras, hasta que el tipo dijo una perogrullada como «no debemos olvidar que los seres humanos no somos los únicos» y en ese mínimo resquicio, cuando ya iniciaba la siguiente sentencia, la moderadora irrumpió con sus palmas y, en una fracción de segundo, se desbordó como una presa la ovación general. 

Todos aplaudieron cinco, diez, cuarenta veces, en parte irritados por la situación y en parte divertidos con la complicidad general. Cuando un grupúsculo bajaba el volumen o se callaba, otro lo subía, para asegurarse que el tipo no dijera nada más. Algunos se pusieron de pie para hacer el juego más vistoso. Cuando el aplauso se extendió mucho más de lo común y sonaba hasta la calle, algunos curiosos llegaron para ver qué estaba pasando y como no se veía bien estar quieto en medio del tifón de aplausos, también aplaudieron. 

Llegaron empleados, vendedores ambulantes, chicas que iban pasando en su bicicleta y se unieron al aplauso multitudinario. Incluso llegaron reporteros con sus grabadoras y cámaras, a registrar ese hecho inusitado, pero no tardaron en sucumbir al frenesí colectivo y abandonaron sus artefactos para sumarse a los aplausos. El joven era el único que no aplaudía y como todas las miradas apuntaban a él, cada que entraba otra persona de inmediato sabía que él era el astro de la noche. 

Los iniciadores de la broma, público y panelistas, se fueron saliendo mientras llegaban los curiosos y, gracias a estos relevos espontáneos, el aplauso se extendió durante una hora, cuando ya no quedaba nadie del público original. Con las permutaciones, el ambiente había fluctuado de la molestia inicial a una extraña sensación de placer. Los sobrevivientes a la ovación se mantuvieron como en estado de trance, hasta que las extremidades dejaron de responderles. Una chica lanzó una suerte de gemido y cayó exánime sobre su butaca. Aquí y allá ocurrió un fenómeno similar, expresado en los más variados timbres y tesituras. Lentamente, se fue apagando el aplauso, mientras la gente caía sobre sus butacas, saciada y exhausta, como después de una petite morte. 

Los reporteros, entonces, levantaron sus cámaras y micrófonos, y se abrieron paso entre la muchedumbre para ir a donde estaba el protagonista de la noche a entrevistarlo, pero los que estaban en las butacas vecinas lo habían acaparado con papeles, camisas, ropas interiores. Las chicas hermosas, extasiadas por el suceso, le pedían su teléfono y su autógrafo, escritos sobre sus cuerpos desnudos, y le rogaban que las instruyera en los misterios del arte, la filosofía, la vida y el erotismo. 

El humor negro y los buenos maestros


Una maestra argentina me pidió que pasara al pizarrón y escribiera un enunciado con el adverbio relativo «cuando». Yo tenía catorce años, acababa de entrar a la preparatoria y, tal como mis otros cuarenta compañeros, estaba muy aburrido, así que escribí lo primero que se me ocurrió, sin meditar mucho en las consecuencias:


«El niño corría cuando tenía piernas».

Mis compañeros se rieron y yo me dispuse al sermón o el exilio. Lo insólito fue que la maestra celebró mi broma y dedicó el resto de la clase a explicarnos el concepto de humor negro, con ejemplos mucho más ingeniosos que mi incipiente cinismo juvenil.

Nunca antes, ni mis compañeros ni yo, atendimos la clase con una curiosidad tan viva. La maestra transmutó una somnífera clase de gramática en una exquisita charla sobre el humor negro y convirtió mi bufonería en un acto de heroicidad.

Gracias a ella aprendí dos grandes lecciones, que no guardan relación con la gramática: 1- que las personas inteligentes se conducen con ideas y criterios propios, por lo tanto, son impredecibles; 2- que un buen maestro no depende de un programa escolar, es más, se podría decir que le estorba.

Tres experimentos mentales




1

Si comparo nuestras vidas humanas con las vidas de los gatos domésticos, pienso que nuestra única ventaja es el privilegio de la conciencia; pero si vivimos en la inmediatez, si no cultivamos la mente, si sólo buscamos los placeres primarios, la vida del gato es mucho mejor: siempre tienen comida disponible, duermen el doble, son más curiosos, gozan de una vida sexual más libre y activa, no tienen que trabajar, ni ir a la escuela, ni hacer fila en los bancos; tienen casa, comida, humanos a su servicio. No me sorprende que se sientan superiores, lo son en la mayoría de los casos.




2

Los informes de logros, en cualquier ámbito, son aburridos y falsos; serían mucho más interesantes los currículum de fracasos, podrían hasta ser un género literario.




3

Cada que me subo un avión pienso que estoy disfrutando el gran sueño de Leonardo da Vinci sin haber hecho nada para merecerlo, sólo porque nací varios siglos después que él. Pero también pienso, en mis momentos de frustración, que él tuvo la suerte de vivir en la Florencia renacentista y se salvó de los embotellamientos, del arte conceptual, de los reality shows y de las torturas burocráticas de los bancos. Entonces, asoma mi lado teísta y sospecho que las vidas de todos podrían estar perfectamente equilibradas, bajo unos parámetros incompresibles para nuestras estrechas mentes humanas, y que merezco gozar el gran sueño de Leonardo porque, quizá, también padezco sus peores pesadillas.



La gorda arrogante



Una mujer muy gorda, para jactarse de su experiencia sexual, me dijo que ya había practicado todo el Kamasutra. Yo le refuté que la mayoría de esas posiciones exigen condiciones muy atléticas y que, en su caso, sonaba mejor si sólo decía que había fornicado muchas veces.

El insulto como una de las bellas artes


Es un desperdicio que no se reconozca al insulto como una disciplina artística pues, para cultivar ese talento, vivimos en «el mejor de los mundos posibles».

Lo que más odio de la televisión es que reproduce seres cuyo rasgo más original y exclusivo son las huellas dactilares.

Nadie le «roba»  a un banco, en todo caso, hay quienes recuperan su dinero.

No pierdas el tiempo contestando un test del tipo «Descubre si eres un genio»; si lo fueras, no leerías un test para descubrirlo.

Ninguna mujer me atrae más que una bonita, excepto las inteligentes, las sabias, las curiosas, las simpáticas, las buenas conversadoras, las creativas, las consideradas y, en términos generales, todas las que son más que mercadotecnia biológica.

Me simpatizan las personas alegres, pero desconfío de las que tienen una sonrisa fija, sin relación con la circunstancia. Me recuerdan a Ronald McDonald´s, con su encantadora sonrisa para disimular la podredumbre.

No busques el tiempo que pierdas leyendo la saga de Marcel Proust; será más tiempo perdido.

Muchos de quienes argumentan que la filosofía es inútil porque no da dinero, deberían explicar por qué tienen hijos, si hasta les cuestan.

Trabajos alimenticios


En una de mis tantas crisis económicas me vi a obligado a solicitar trabajo como vendedor en Mr. CD. Después de un exhaustivo examen de conocimientos musicales, les pareció que tenía un perfil adecuado para la sección de música clásica, que no era sino un exhibidor con un centenar de discos. Yo no era un experto en música culta, ni mucho menos, pero al menos sabía que Johan Sebastian Bach no era el «rey del jaripeo». Me hicieron un contrato por tres meses, con la promesa de que, si probaba ser útil a sus fines comerciales, me ofrecerían un contrato fijo. Mi plan era trabajar un mes para sobrevivir en vacaciones, antes de volver a mi trabajo de maestro (cuya paga era peor, pero al menos me gustaba), y entonces renunciar.

Llevaba tres semanas en la tienda cuando me mandó llamar el gerente. Tenía en la mano un registro de ventas jerarquizado por secciones musicales: el pop estaba en la cúspide; la clásica, como es natural, se arrastraba en el fondo. Me mostró las hojas con expresión médica, como si fuera un diagnóstico de cáncer, me tomó del hombro y me dijo «Manuel, algo anda mal aquí, la música clásica no se está vendiendo». Yo, también muy serio, le respondí que, por desgracia, a Mozart y Beethoven no se les ocurrieron los playbacks, ni las coreografías con mujeres voluptuosas. Cambió de tema, de manera muy elegante, y me dio un largo speech para motivarme a luchar por el legendario contrato permanente.


Su speech, en efecto, me motivó, aunque no como él esperaba. Yo sabía que Mozart y Beethoven no se alimentaban por fotosíntesis, pero supuse que no se habrían sometido a un contrato trimestral, ni a un estimado de ventas, así que renuncié al otro día, una semana antes de mi objetivo, y diez semanas y cuarenta mil pesos de ventas antes del suyo. Si había que fijar posición, entre los genios del arte o los «genios» del marketing, yo elegía el primer bando y, dicho con orgullo, lo he elegido siempre, así es como los «artistas del hambre» firmamos nuestros contratos vitalicios.

Extensión literaria


Quiso conquistarla con la más breve composición literaria, pero la respuesta fue un "no" tan largo como La comedia humana.

Efe de falso


El vendedor me estafó con un disco que era una falsificación de un dvd con un falso documental sobre los grandes falsificadores que se enriquecieron vendiendo réplicas de los farsantes más célebres del arte contemporáneo, a coleccionistas que fingían no darse cuenta, para mantener viva esa farsa llamada «arte contemporáneo».

Sociedad de lobos


Me gustó la última película Scorsese, The Wolf of Wall Street. Es una película con el ya conocido estilo de Scorsese: narrador en off, sexo, drogas, dinero, poder; narración ágil, edición elíptica, música popular armoniosamente unida a la narración, mucho conflicto, drama, buenas actuaciones. El final me parece memorable, con la toma de los asistentes a una charla del famoso corredor de bolsa, en actitud de aprendizaje, con los rostros llenos de ambición, son los lobos en potencia: un retrato del mundo, concupiscente, voraz.

El hombre, la máquina y el infinito


I-                   Blancas
Garry Kasparov avanza dos escaques con su peón de rey. La máquina responde con defensa siciliana. Kasparov brinca los caballos y lanza los alfiles; ataca el flanco derecho, con una mezcla de lógica e intuición, o dicho en palabras de Hamlet, con una mezcla de razón y locura. Dibuja en su mente decenas de líneas rectas, cortas y largas de peones y torres, diagonales que forman cruces o estrellas, eles en el centro que unidas hacen un círculo intermitente, como los pétalos de una flor; cada esquema adquiere un color distinto, según si ataca con alfil, caballo y reina, si defiende con torres y peones alineados en grupos de tres, si busca las filas abiertas o prevé un espacio libre para poner a un caballo después de una combinación de tres movimientos. Los circuitos mentales de Kasparov, como un tablero astronómico de ajedrez recorren millones de neuronas, creando las figuras más complejas, encendiendo dendritas, conectando axones, creando asociaciones mnémicas, a niveles conscientes y subconscientes. Sonríe con aire de superioridad. Piensa que la máquina sólo sabe engullir piezas, pero poco entiende del juego, ni siquiera conoce sus historias.

La famosa leyenda del brahmán, Lahuer Sessa, que le regaló un tablero de ajedrez al rey Iadava para distraerlo por la muerte de su hijo, y la elegante broma matemática del brahmán, con las casillas y los granos de trigo, ilustran dos de las magias del juego. La primera es su poder de seducción: El rey se fascina al punto que logra distraerse de la muerte de su hijo. Esta misma cualidad puede verse en unos versos que escribió siglos después, Fernando Pessoa: “Ardían casas, saqueadas eran/ las arcas y paredes, / violadas, las mujeres eran puestas/ contra muros caídos, / traspasadas por las lanzas, las criaturas/ eran sangre en las calles.../ Mas donde estaban, cerca de la urbe/ y lejos de su ruido, / los jugadores jugaban/ el juego del ajedrez.” La segunda magia del juego es el increíble atributo de adensar el infinito en un espacio tan pequeño. Como se sabe, el rey queda tan agradecido que le ofrece al brahmán escoger cualquier regalo de su reino. El brahmán cede ante le insistencia y pide un grano de trigo por la primera casilla del tablero, dos por la segunda, cuatro, ocho, dieciséis. El administrador del reino tarda unas semana calculando y concluye que no existe esa cantidad de trigo, ni en todo el mundo. Al llegar a la casilla 64, el número de granos es 18´446,744´073,709´551,615, según ciertos cálculos, lo equivalente a la cosecha de todo el mundo actual, durante casi quinientos años. Los 64 cuadros del ajedrez, como los 12 semitonos de la música occidental, o las 29 letras del alfabeto español, son una representación del universo, con toda su complejidad, todos sus misterios, toda su entropía. Son pocas piezas y poco espacio, al menos a la vista y, sin embargo, las combinaciones posibles son tantas, que nunca se ha jugado una misma partida.

II-                Negras
Por los mil procesadores en paralelo de la máquina, corren los fotones, se hilan los unos y ceros en grupos de bits, bytes, gigabytes. La memoria del sistema recorre a la velocidad de la luz doscientos millones de posiciones por segundo de acuerdo a una base de datos con miles de juegos: Capablanca contra Alekhine, Bobby Fischer contra Spassky, Kasparov contra Karpov, Magnus Carlsen contra Vishy Anand, y siempre elige el movimiento más pertinente, de acuerdo con un algoritmo que sintetiza lo mejor de la “fuerza bruta” con las tácticas y estrategias programadas por un equipo de expertos en inteligencia artificial y una decena de grandmasters. Ha librado los embates del ruso y está preparando el contraataque. A Kasparov le sudan las manos y no deja de ver el minutero;  ha consumido el doble de tiempo que su rival. La máquina se mantiene incólume; apenas y se han calentado sus componentes de silicio. De acuerdo con su valoración, lleva ventaja posicional, y temporal; se acerca su victoria.

En el siglo XVIII hubo un autómata llamado “el turco”, creado por Wolfgang von Kempelen, que se suponía, jugaba ajedrez en el más alto nivel. Entre los rivales más celebres que derrotó estuvieron, Napoleón y el pionero de la informática, Charles Babbage. Después se descubrió que era un engaño. Había un jugador humano oculto entre sus entrañas de madera. Los primeros intentos serios por crear jugadores artificiales se remontan a principios del siglo veinte, con la máquina de Leonardo Torres que jugaba finales de rey y torre contra rey, y con el desarrollo de la computación, en los años cincuenta; Alan Turing a la cabeza. Durante varias décadas ningún programa tuvo capacidad para competir con los mejores jugadores del mundo, pero, acorde con la ley de Moore, la informática creció como los granos de trigo en el tablero de ajedrez y en 1997, en medio de un enorme despliegue publicitario, el superordenador diseñado por IBM, Deep Blue, derrotó al campeón mundial Garry Kasparov en un match de seis partidas. El jugador humano alegó conspiraciones de la transnacional, pero, en los años siguientes, los campeones Krámnik y Anand también cayeron antes los softwares, Deep Fritz y Rebel, despejando cualquier duda sobre las capacidades ajedrecísticas de las máquinas.

III-             Blancas y negras en abismo
Se libran varias partidas simultáneas entre Kasparov y la máquina: la que es, la que pudo ser, la que podría ser. Cada movimiento en el tablero virtual suprime una infinidad de movimientos que no sobrevivieron al análisis de los jugadores y se rezagan en ese universo paralelo donde van a parar las miles de partidas que nunca se jugaron, los movimientos que no ocurrieron, las otras versiones de cada juego, donde es el otro jugador decapita al rey enemigo. Kasparov ofrece un peón y un caballo sin recibir pieza a cambio. La máquina registra la ventaja material y supone su próxima victoria; Kasparov intuye que su ventaja posicional le permitirá llegar al mate antes de que la máquina organice su defensa. Ninguno de los dos puede visualizar el desenlace exacto: ni los millones de cálculos de la máquina, ni la compleja red neuronal del jugador les alcanza para armar todo el árbol de posibilidades. Más allá de unos cuantos movimientos sólo aparece una espesa cortina de humo.

El ajedrez es uno de los objetos que más han atraído a los hombres desde su invención. Artistas como Nabokov, Duchamp, Ingmar Bergman, Carrol, Dalí, Kubrick, entre muchos otros, han creado novelas, películas, piezas teatrales, poemas, musicales, lienzos, inspirados en él. Los científicos han programado softwares, han hecho robots, han visto en el juego de las 64 casillas uno de los mejores modelos para ensayar la inteligencia artificial.
Pero el arte y la ciencia son sólo dos vertientes del juego. Como en la parábola sufí de los ciegos que describen a un elefante según la parte que tocan, el ajedrez es muchísimas cosas, según la subjetividad que lo describe. Es un juego de inteligencia, de creatividad, de intuición; es una danza impredecible y una escultura cinética; un combate lógico-matemático y psicológico. El juego sólo permite tres resultados y ninguno es, por sí mismo, espectacular. La trama de cada juego, sin embargo, nos mantiene intrigados, porque cada partida es un relato riquísimo en símbolos de la vida y la muerte, del tiempo y el espacio, de lo abstracto y lo concreto.
Entre muchas otras razones, el ajedrez fascina a los hombres porque es una metáfora del universo y una conversación con el infinito. Esa es la única partida, de antemano perdida para las máquinas, a menos que, como sugiere el poema de Borges, nosotros seamos también la pieza de un jugador ulterior. En ese caso sería legítimo esperar que las máquinas, además de competir en el tablero, lleguen al combate psicológico, hagan combinaciones creativas, reflexionen y disfruten las sutilezas del juego. Acaso, en algún momento, creen sus propias máquinas que jueguen ajedrez y éstas, las suyas, y así ad infinitum. También es posible que en ningún plano de toda esa puesta en abismo se llegue a comprender todo el complejo universo del ajedrez, o que en algún punto aparezca una mano, orgánica, inorgánica, o etérea, moviendo las primeras piezas que iniciaron todas las partidas, o que haya un tablero con 32 piezas, reales o virtuales, anteriores a esa mano...

Nota publicada en la edición 756 
de la Gaceta UdG






Las imágenes del próximo milenio


A Ítalo Calvino, como a muchos niños, le gustaba contemplar las tiras cómicas e imaginar, guiado por la narrativa visual, los relatos que no era capaz de comprender por medio de los signos. Ya que pudo leer supo que los globos de texto eran versos italianos de un falso traductor que no sabía inglés y tenían una vaga conexión con las viñetas. Calvino prefirió seguir imaginando sus historias, partiendo de imágenes, un procedimiento que seguiría como creador. Así surgieron sus relatos más celebres: un hombre en dos mitades que siguen viviendo independientemente; un muchacho que trepa a un árbol y después pasa de un árbol a otro sin bajar a tierra; una armadura vacía que se mueve y habla como si dentro hubiera alguien.
En una de las conferencias que redactó para dictar en Harvard, Calvino, además de hacer la apología de la visibilidad, como un valor literario que debíamos conservar para el siguiente milenio; expresaba su preocupación por el mundo moderno, de las copiosas imágenes prefabricadas, saturando la memoria como una montaña de desperdicios, y por el peligro de perder esa facultad humana fundamental “la capacidad de enfocar imágenes visuales con los ojos cerrados, de hacer que broten colores y formas del alineamiento de colores alfabéticos negros sobre una página blanca, de pensar con imágenes”.
Ese interés por animar con grafías un mundo de imágenes en la memoria del lector está presente en toda su escritura, pero en Palomar, su última novela concluida hace treinta años, es el rasgo principal. La obra se compone de tres secciones, “Las vacaciones de Palomar”, “Palomar en la ciudad”, “Los silencios de Palomar”; divididas a su vez en tres partes, cada una formada por tres textos. En esa arquitectura simétrica está clasificado el proyecto del señor Palomar que consiste en describir cada uno de los instantes de su vida de una manera tan minuciosa que no tenga tiempo para acordarse de la muerte.
En cada página las flexibles contorsiones de las letras crean imágenes llenas de forma, color y textura: una parvada de estorninos dibujando caóticos garabatos en el cielo, una tortuga macho arrastrando su miembro en forma de gancho después de fracasar otro intento de cópula forzada, una carnicería donde se churruscan “filetes ágiles y esbeltos, costillas armadas de su mango de hueso, lomos macizos y sin pizca de grasa”, el vasto firmamento con toda la morfología planetaria interpretada por la sutil mirada del Señor Palomar.
Además de crear sorprendentes lienzos en movimiento con sus ricas y precisas descripciones, el señor Palomar también reflexiona y halla en cada una de esas pinturas un estímulo filosófico, una ilustración de complejas ideas. “De lo que sabe desconfía; lo que ignora mantiene su alma en suspenso. Abrumado, inseguro, se agita sobre los mapas celestes como sobre los horarios de trenes trashojados en busca de un transbordo”.
La torpe carrera de una jirafa, “con las patas anteriores, descuajaringando hasta el suelo, como si no supieran cuáles de tantas articulaciones plegar”, le recuerda a él mismo procediendo impulsado por movimientos de la mente no coordinados;  “el verde césped de su jardín, con la cuchilla de la cortadora revelando sus discontinuidades, peladuras ralas, manchas amarillas”, le sugiere el universo, finito, pero innumerable, inestable en sus confines, conjunto de conjuntos; la abundante iconografía mexicana en las ruinas de Tula, la serpiente emplumada, la escritura pictográfica, la serpiente con una calavera dentro de las fauces, y el amigo mexicano que interpreta con toda elocuencia cada imagen como la vida, la muerte, la continuidad; despierta en Palomar la idea de que cada interpretación necesitaría otra a su vez , y ésta otra y así…
Esas vívidas descripciones y la mirada inquisitiva del señor Palomar son una metáfora del hombre curioso e inquisitivo, deslumbrado por el revuelto espectáculo de la realidad, con sus remotas fronteras que se extienden de forma imprevisible, desde cualquier punto, cercano o remoto, hasta donde alcanza la inteligencia y la imaginación. Es también una tira de Ítalo Calvino impresa en papel revolución, con miles de puntos minúsculos que gracias al espaciado dan la sensación de volumen, donde él escribe una novela en su estudio, iluminado por la luz de la luna; la hoja de su máquina de escribir se va constelando de ilegibles letras oscuras, como un firmamento en negativo, donde residen maravillosas descripciones para todo aquel que prefiera crear imágenes en su imaginación que verlas en la pantalla de un aparato, es decir, para los lectores de este y los próximos milenios.

Nota publicada en la edición 755 
de la Gaceta UdG




Síndrome de Zelig




Hay muchos casos de personajes, ideas, situaciones, que la literatura exporta al inventario de ese otro mundo, paralelo a la ficción, que llamamos realidad. Por ejemplo, el término “bovarismo”, para referirse a personas insatisfechas por el contraste entre sus ilusiones y la realidad, es un préstamo de la primera novela moderna, escrita por Flaubert, que figura en los diccionarios de psicología. También están los llamados complejos de “Edipo y Electra”, extraido de las siete tragedias de Sófocles que escaparon a las llamas de Alejandría. El síndrome de Peter Pan, en alusión al personaje de J. M. Barrie, y los complejos de Caperucita y Cenicienta, de la tradición popular. 

Woody Allen ha sido, por diversos motivos, galardonado en el mundo del cine, admirado por intelectuales, respetado por miles seguidores leales a su humor inteligente y sus experimentos lúdicos. Entre sus personajes más célebres, recuerdo al hipocondriaco de Hanna y sus hermanas, al guitarrista de Sweet and Low Down, megalómano, cleptómano, proxeneta; a al “Raskolnikov” de Match Point y, de manera muy especial, a Leonard Zelig, aparecido en la película que lleva su nombre. En 2007, la investigadora Giovannina Conchiglia propuso el término “Síndrome de Zelig”, para nombrar a enfermos con un padecimiento similar a dicho personaje.

Este 2013 se cumplen 30 años de Zelig, un falso documental escrito y dirigido por el famoso director neoyorquino. La obra trata de este hombre (protagonizado por el propio Allen), que padece una extraña condición psicológica: es capaz de camuflarse con las personas que lo rodean; adquiere sus habilidades, habla sus lenguas, incluso, transforma su constitución física para igualar a sus modelos. En una ocasión es un jazzista negro, en otra, habla coreano, en otra, es un cirujano que improvisa un parto con unas tenazas para agarrar hielo. Es tal su capacidad de multiplicarse en diversos avatares que inquieta hasta al Ku Klux Klan pues, según palabras del narrador, veían que podía convertirse en judío, en negro, y en chino, lo cual representaba una triple amenaza.

Su historia inicia en los años treinta, en Estados Unidos, cuando el escritor Scott Fitzgerald lo descubre en una fiesta. El relato avanza por medio de un contrapunto entre el retrato psicológico del protagonista, en forma de collage, a partir de diversos testimonios; y la relación de Zelig con su psicóloga, Eudora Fletcher (Mia Farrow), primero profesional, poco a poco, sentimental. En el fondo está el fenómeno mediático, las canciones de jazz en su honor, los programas de televisión, las entrevistas y su fama durante los años de la depresión.

Un rasgo interesante de cómo se cuenta la historia es que, tal como el personaje, la película se mimetiza con las grabaciones de los años treinta. Para lograr ese efecto Woody Allen consiguió cámaras y lentes de la época, y remató el artificio maltratando la cinta final para darle ese toque de senectud fílmica. También se valió con mucha fortuna de la llamada “pantalla azul” para mimetizar a su personaje con grabaciones auténticas, de tal manera que pareciera convivir en el mismo espacio que famosos personajes históricos, de la misma manera en que, años después, lo haría Robert Zemeckis en su Forest Gump.

Una curiosidad para los entusiastas de los cameos es que, igual que en Annie Hall aparece el gurú de los medios, Marshall McLuhan, regañando a un pseudointelectual por tergiversar sus conceptos; en Zelig, Woody Allen se hizo acompañar de la escritora e intelectual Susan Sontag, y del premio nobel de literatura, Saul Bellow, como parte de los supuestos entrevistados que glosan el peculiar caso de Zelig.

El resultado de toda esta pirotecnia de forma y fondo, es una parodia inteligente, divertida, polisémica, que se puede apreciar como un retrato psicológico, una historia de amor, un documental de la primera mitad del siglo veinte, con sus principales protagonistas, de las más variadas disciplinas, como Charles Lindbergh, Al Capone, Charlie Chaplin, Josephine Baker, Adolf Hitler, Babe Ruth, el Papa Pío XI. También como una obra que posee muchos de los rasgos más característicos de Woody Allen: el gusto por la experimentación, el sentido del humor, la síncopa del jazz, las referencias al psicoanálisis, el amor y un personaje tan peculiar que, como el actor de La rosa púrpura del Cairo, sale de la pantalla para incorporarse al mundo real.

Nota publicada en la edición 752
del suplemento cultural O2 de la Gaceta UdG
http://gaceta.udg.mx/G_nota1.php?id=14298

Cruzar el anonimato


A muchas personas nos fascina el inicio de una leyenda, tanto en el mundo de la ciencia, como en la filosofía, la pintura, la música; quizá porque es el punto de cruce entre el anonimato y el reconocimiento, la frontera entre el olvido y la memoria. En ese sentido recuerdo a Picasso, siendo un niño al que su padre le encargó pintar unas uvas y, según se cuenta, creo unas frutas tan perfectas que su padre, abrumado, no volvió a levantar un pincel; recuerdo también a Charles Bukowski, un cartero alcohólico que antes de sus 49 años,  nadie sabía que era un excelente escritor, hasta que el editor John Martin los publicó en Black Sparrow Press; y pienso también en Los Beatles, soterrados en una “caverna” sudorosa de Liverpool, hasta el día que el productor George Martin los sacó para llevarlos a los estudios Abbey Road a grabar su primer disco.
Este 2013 se conmemoran 50 años de Please please me, el álbum debut de la que ha sido considerada la banda más importante del siglo veinte. El álbum fue grabado en tres sesiones de tres horas, en un mismo día. La producción costó 400 libras, una cifra irrisoria comparada con los 75,000 dólares que costó el Sargent Pepper, apenas cuatro años después. En sólo doce horas, quedaron registrados los primeros sonidos de la banda que interpretaría el soundrack de los años sesenta y que, aun hoy, a medio siglo de distancia, sigue sonando en todas las bocinas del planeta, en los idiomas más variados, reinterpretadas con ritmos de jazz, salsa, bossa nova, tango, música culta.
El disco ganó adeptos muy rápido. El 11 de mayo de 1963 alcanzó el número uno en el Reino Unido, y así se mantuvo durante 30 semanas hasta ser desbancado por los propios Beatles, con la aparición de su segundo álbum With The Beatles. La prestigiada revista Rolling Stone situó al Please Please me como uno de los mejores 500 discos de todos los tiempos,
Ese sería sólo el inicio de una impresionante escalada hasta cimas desconocidas para cualquier otra agrupación. En sólo ocho años, a partir de ese momento, ese cuarteto de jóvenes desaliñados confeccionaría su leyenda. Del año 63 que iniciaron en la industria musical, al 70, cuando anunciaron su desintegración, pasaría de todo: surgiría la beatlemania; McCartney compondría “Yesterday”, la canción más reinterpretada de todos los tiempos y lideraría el Sargent Pepper, primer disco conceptual de la historia; Lennon introduciría mensajes subliminales en “Revolution 9” e incendiaría la opinión pública al declarar que para algunas personas, Los Beatles eran más famosos que Jesús; George Harrison iniciaría el mestizaje de los exóticos timbres hindúes con las estridencias del rock.
             Poco antes de ese primer disco, Please please me, cuando abarrotaban el Cavern Club de Liverpool y los bares de Hamburgo, el sueño de ese cuarteto de jóvenes provincianos era grabar un disco; unos meses después, ya eran más famosos que Elvis Presley. La mayoría de ellos no tenía treinta años, cuando ya habían revolucionado la música popular, se habían hecho millonarios y habían conocido más fama y más éxito que ningún otro artista.
            Algunas personas mayores dicen que conocieron a Los Beatles por sus padres, y describen con emoción los gruesos discos de vinilo que ponían sobre un tornamesa para que reprodujera, contrapunteados con los rasgueos polvorientos de la aguja, la armónica de “Love Me Do” y los gritos aguardentosos de John Lennon en “Twist and Shout”. Yo he contado mi amistad con los Beatles a partir de casettes y discos compactos, y es de esperarse que cuando los adolescentes de hoy sean abuelos, hablarán de cómo escuchaban al cuarteto de Liverpool en un vetusto aparato llamado Ipod.
            Las tecnologías para la reproducción del sonido mutarán, las buenas bandas medianas y malas llegarán y se irán, el mundo podrá ver carros voladores, deportistas robots, clonaciones humanas, softwares que creen novelas automáticas, chips integrados al sistema nervioso, pero, como Bach, Beethoven, Mozart, es muy probable que entonces sigan sonando las canciones de ese cuarteto que, hasta las primera horas del 22 de marzo de 1963, sólo eran cuatro críos de Liverpool, enfundados en pantalones de cuero que soñaban con grabar un disco.   

Nota publicada en la edición 750
del suplemento cultural O2 de la Gaceta UdG

Tu soundtrack



Una forma más original de hacer una autobiografía sería antologar las percepciones de uno solo de tus cinco sentidos. En lugar de escribir un libro con cientos de páginas que contara todas las peripecias de tu vida, podrías grabar un disco, una especie de soundtrack autobiográfico, que compendiara las canciones elegidas por tu memoria para representar un momento significativo. Gracias a las huellas mnémicas de la música, viajarías en el tiempo y el espacio: escucharías las voces de amigos que ya no recordabas, volverías a sentir la emoción de esos viejos amores, regresarían aquellas imágenes del barrio y la ciudad que se fueron remodelando hasta desaparecer, en suma, verías pasar tu vida durante algunos minutos. Lo mejor de todo es que ese soundtrack sería como un código ultrasecreto: sólo tú serías capaz de descifrar las emociones ocultas en él. Como prueba de mi confianza en ese encriptamiento, yo mismo contaré aventuras, viajes, amores, cifrados en unas cuantas canciones, sin miedo a que caiga en manos del CISEN, Scotland Yard o la CIA. La lista es algo heterodoxa, pero, la vida también lo es: “Alley Cat”, Bent Fabric (la canción de los helados); “Girl”, The Beatles; “High and Dry (acoustic)” Radiohead; “Look at me”, John Lennon; “Óleo de una mujer con sombrero”, Silvio Rodríguez; “Aquellas pequeñas cosas”, Joan Manuel Serrat; “Capricho 24” Niccolo Paganini; “Like a Rolling Stone”, Bob Dylan; “Antenas al porvenir”, David Aguilar. “Run of the Mill”, George Harrison, "La carta", Violeta Parra; "Love Street", The Doors; "Como un gorrión", Joan Manuel Serrat, "Piggies", The Beatles"...

Para crear tu propio soundtrack, de acuerdo con mi propuesta, te invito a seguir estos cuatro sencillo pasos:
1.      Si tu vida fuera una película, piensa en los diez o quince momentos que la representarían. Si quieres que sea una película tipo Walt Disney, elige sólo canciones relacionadas con los momentos buenos; si quieres que haya tensión, incluye momentos penosos; si prefieres un relato erótico… en fin, supongo que se entiende la idea.
2.      Piensa en qué canción te recuerda más a cada uno de esos momentos. Es muy importante no elegir las que más te gustan, sino las que te recuerdan más a ese momento. Esto puede dar como resultado un soundtrack donde se combina una canción del piporro con una de Pink Floyd, pero no te angusties: es una antología mnémica, no estética.
3.      Graba un disco con esas canciones, de la más antigua a la más nueva. Si te gusta más lo experimental puedes probar con otras estructuras narrativas: in extrema res (de fin a principio), in media res (tipo Forest Gump), o fractal (es decir, pon el random).
4.      Apártate, ve a un lugar cómodo, ponte unos audífonos y pícale al play.



Nota publicada en La canica

¿Qué diría el zorro?


Los adultos son muy extraños, muy pocas veces se dan cuenta de las cosas importantes porque se la pasan haciéndose los serios, trabajando, acumulando objetos, realizando cuentas de muchas cifras, y cuando se quieren lucir diciendo que vieron una película o leyeron un libro, eligen la película más aburrida o el libro con más páginas, para que los demás piensen que son muy listos. Los adultos son como los actores: no hacen para ellos, sino para el público.  
Por eso se me hacía muy raro que les gustara, El principito: un libro donde no hay esas palabras largas y raras, como de diccionario, y no es gordo ni pesado como los que tantos les gustan, ni tiene todas esas letras chiquitas, apretadas una detrás de otras como baobabs que crecen y se extienden de la primera a la última página, sin espacios para descansar, ni dibujos para colorear. De vez en cuando los adultos, por casualidad o por un chispazo de inteligencia, se divierten como niños.
El principito es un libro que escribió un francés llamado, Antoine de Saint-Exupéry, que cuenta la historia de un piloto aviador, perdido en el desierto del Sahara, y un joven de cabello rubio, que viene de otro planeta: el asteroide B 612, apenas más grande que una casa. El principito le cuenta de los seis planetas que conoció antes de llegar a la tierra, en cada uno hay un adulto que se esfuerza por un proyecto ridículo, o lo domina una ridícula obsesión: un borracho que bebe para olvidar la vergüenza de que es un borracho, un rey de un planeta donde no hay nadie a quien gobernar, un geógrafo que es un experto en un planeta del que no conoce sino los mapas, un hombre de negocios, muy serio, que se dedica a contar estrellas con la pretensión de que son suyas por ser el primero en contarlas.
En el planeta tierra conoce a mi personaje preferido, que es un zorro, con orejas muy largas, como cuernos. A mí me parece un animal muy gracioso porque lo único que llama su atención de los humanos es que crían gallinas, y cuando el principito le cuenta de su planeta y le dice que no hay cazadores, por primera vez en su rápido encuentro, el zorro dice, “¡eso sí que es interesante!”… luego se desanima cuando sabe que tampoco hay gallinas. También se me hace tierno cuando explica la palabra “domesticar”: “Para ti no soy más que un zorro parecido a cien mil zorros. Pero si me domesticas, nos necesitaremos el uno al otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo”.
Yo no entiendo mucho del mundo de los grandes, pero sí sé que, por lo regular, las cosas de niños son para los niños y las de los adultos, para los adultos. Tengo un tío que tiene muchos años y sólo lee libros que hayan ganado premios o que aparezcan en un listado, dice que los demás no tienen chiste. Un día le pregunte quién leería los libros nuevos y me respondió que nadie. Es muy aburrido tener que explicarle todo a los grandes, algunos sólo podrían disfrutar de un caramelo si está envuelto en papel celofán, prefieren el brillo que el sabor.
Yo, igual que el principito, nunca me quedó con ninguna pregunta, y de pronto me dio curiosidad saber por qué a tanta gente le gusta ese libro, pero parece que nadie entendió nada, o que todos entendieron algo distinto: mis amigos dijeron que les gustaba El principito, porque el protagonista es un niño, y porque está lleno de situaciones divertidas, tiene letras grandes y dibujitos; los adultos me dijeron que lo bueno están en que cada personaje esconde una crítica al mundo de los grandes y algunas frases como estas, significan muchas cosas: “a nosotros que comprendemos la vida, los números nos importan un comino”, “tendré que aguantar dos o tres orugas si quiero conocer las mariposas”, “si consigues juzgarte bien, es que eres un verdadero sabio”; un maestro, al que le gustan los números y las listas, dice que es un gran libro porque es la obra en francés más leída y traducida, y porque ha vendido más de 140 millones de copias, y porque esa historia la han contado en teatro, en cine, en caricaturas, en óperas. Si quieren saber la verdad, me recordó al borracho que sale en el libro.
No sé si ya lo había dicho, pero yo casi nunca me guardo ninguna pregunta y, como nadie pudo responderme, se me ocurrió abrir el libro y preguntarle a mi personaje preferido, entonces apareció el zorro con sus orejas largas como cuernos y me reveló este secreto, que se los voy a contar como él me lo dijo, en voz bajita, pero, por favor, no se lo digan a nadie, porque me da pena: “sólo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos”. Entonces pensé que todavía hay mucha gente que puede ver de esa manera y esa respuesta sí me gustó, y me quedé a gusto, y ya no le pregunté a nadie más.

Nota publicada en la edición 744 
del suplemento cultural O2  de  La gaceta, udG

Concierto para abucheos y orquesta


Uno de los episodios más espectaculares en la historia del arte, no sólo por lo que ocurrió, sino por lo que representa, fue el estreno en París del ballet, La consagración de la primavera: música de Stravinsky, con coreografía de Vaslav Nijinsky, hace exactamente un siglo, poco antes de que estallara la primera guerra mundial. Cada una de las muchas versiones con que se ha relatado el episodio, agrega un nuevo matiz al inesperado escándalo que desató la representación escénica de un rito eslavo, donde una virgen es sacrificada en honor a la primavera, contrapunteada con la música de Stravinsky, impredecible, caótica, infernal.
Se dice que, Camille Saint-Saënz, uno de los músicos más respetados del momento, salió del lugar en los primeros compases de la obra; la gente, con sus abanicos y sus monóculos, aturdida por esa sucesión vertiginosa de notas violentas y arrítmicas, de pronto perdió el control y la etiqueta: unos maullaban, otros gritaban y abucheaban, los más furiosos, lanzaban sillas; Jean Cocteau observó a la anciana condesa de Pourtalés ponerse de pie y gritar: "¡Esta es la primera vez en sesenta años que alguien se ha atrevido a tomarme el pelo!"; se dice que más de cuarenta personas fueron expulsadas del recinto; otros testimonios refieren insultos, cachetadas, puñetazos y, en términos generales, se dice que aquel templo de la urbanidad y el buen gusto, se transformó de un momento a otro en un pandemonio, una suerte de pelea campal entre los defensores de los valores establecidos y los entusiastas de la novedad y la ruptura.
Más allá del inesperado espectáculo que se vivió en el Théâtre des Champs-Élysées, y las decenas de anécdotas que enriquecen el drama, la tensión, la intriga de esa noche disonante, lo más extraordinario del suceso, a mi parecer, es su valor simbólico, pues ilustra de maravilla una colisión entre los valores viejos y los nuevos. En una entrevista para la revista Sur, Stravinsky reveló su devastadora concepción de la armonía: “Como medio de construcción musical, la armonía ya no ofrece recursos que puedan indagarse y de los que puedan sacarse provecho. Para el oído contemporáneo (y también para el cerebro), hace falta otra manera de acercarse a la música totalmente diferente”.
Estas ideas de Stravinsky tomaron su forma más alta a sus treinta y un años, cuando conmocionó a los oyentes parisinos con esa composición plagada de disonancias, ritmos delirantes, y convulsas líneas melódicas, en una orquestación, si bien inspirada en el viejo folclor eslavo, configurada de una manera inédita en el mundo de la música culta, tal como lo había hecho un pintor español disuelto en el público, Pablo Picasso, cuando se inspiró en el arte africano para crear los rasgos cubistas en “Las damas de Aviñón”, un lienzo que, como la pieza en dos actos del compositor ruso, iniciaría la primavera estética del siglo veinte. Al final de la representación, Stravinsky salió por la puerta trasera como un pájaro en llamas.
Se pueden contar por cientos las peripecias análogas a esta en la historia del arte, la filosofía, la ciencia; de cuando personas, que ahora llamamos genios, fueron escarnecidas o menospreciadas por un público que no los comprendía. Por lo general se toma por necios a quienes no supieron ver en esas mentes innovadoras un anticipo del nuevo orden por venir, pero si en lugar de verlo de una manera diacrónica, lo analizáramos en su tiempo y espacio, quizá nos daríamos cuenta de que, como en la economía, no es tan fácil reconocer las tendencias pues en todo momento, conviven y se mezclan los genios con los farsantes, y sólo los más entendidos o intuitivos en una disciplina alcanzan a distinguir lo ramplón de lo eminente.
Ahora nos resulta sencillo aceptar la música de Stravinsky porque hemos convivido desde que nacimos con la música atonal: la escuchamos en comerciales, películas, caricaturas; forman parte de nuestro soundtrack de vida, tanto las simétricas composiciones de Bach, como el dodecafonismo de Schönberg, la síncopa del Jazz, las melodías de Los Beatles; sin embargo, ese 29 de mayo de 1983, mucha gente se vio en el dilema de portar oídos viejos para escuchar una música nueva, de tener un aparato perceptual que a lo sumo aceptaba el cromatismo de Wagner o Debussy, pero no sabía gran cosa de la revolución que cambiaría para siempre nuestra comprensión y percepción de la música.

Nota publicada en la edición 743
del suplemento cultural O2, de La gaceta UdG

http://gaceta.udg.mx/Hemeroteca/paginas/743/G743_O2%2011.pdf

Los Simpsons y la nave de Teseo





Bart Simpson repite en un pizarrón: The old writers weren´t replaced by an army of monkeys. Suena el timbre y huye en su patineta. Homero sale de la planta nuclear con una barra de plutonio en la espalda. Expulsan a Lisa del ensamble musical. Marge entra a la cochera atropellando a Homero. Toda la familia coincide en el sofá de su sala, enfrente del televisor. Inicia una vertiginosa progresión de sustituciones: cambia la casa, el sofá, la tele, les cambia el color de la piel, crece vello en sus rostros. Para ese momento, ya no son los Simpsons, sino cinco changos, curiosos, viendo la sombra de un televisor proyectada sobre el muro de una caverna. Suena es estribillo de la serie y aparecen los créditos con el estilo de una pintura rupestre. 

Los Simpsons es una obra de ficción que prácticamente a tratado todos los temas, de todas las maneras posibles; para cartografiarla, habría que definir y describir el estilo de vida americano y, por extensión, al hombre y la posmodernidad. En el período clásico de la serie, que podríamos ubicar, poco más o menos, entre la primera y la octava temporada, Los Simpsons desplegaron todos los rasgos que la inmortalizarían como una de las más influyentes en la cultura occidental. Por entonces, el programa destacaba en todas sus líneas: argumentos originales, dilemas complejos, humor inteligente, frases ingeniosas al grado de que algunos capítulos, rozaron o alcanzaron la perfección creativa y cruzaron la línea del mero entretenimiento para ocupar un puesto entre las obras de arte. 

A los seguidores de esos episodios, les sucede como a los lectores de grandes aforistas, Nietzsche, Lichtenberg, Oscar Wilde, que siempre los asaltan ocasiones para citar una frase o chiste, y el acervo de la serie es tan vasto, que cada quien tiene las suyas. Las más apreciadas, claro, son las de Homero Simpson: "¿Y si era tan listo porqué se murió?"; "El alcohol: la causa y la solución de todos nuestros problemas"; “¡Bart, con 10.000 dólares seríamos millonarios! Podríamos comprar todo tipo de cosas útiles, como… ¡Amor!”; "No soy un hombre de plegarias, pero, si estás en el cielo: ¡Sálvame, por favor, Superman!" 

Un rasgo muy singular de Los Simpsons clásicos, fue el de gustar tanto a los niños, como a los adultos, al público promedio y al culto; para cada persona había un personaje o una situación con la cual identificarse, no faltaba el humor físico, ni el verbal, el chascarrillo inocente y la oscura ironía. Ejemplo: Homero Simpson trata de dar un consejo a Bart y recuerda el único que le dio su padre. “Homero eres tonto como una piedra y feo como una blasfemia. Si un extraño ofrece llevarte, te subes”. 

Después de ese período de humor sulfúrico en contra de la religión, la ciencia, los medios, la política, integrado en relatos rítmicos, estructurados, perspicaces, la serie se convirtió en Juan Topo recibiendo un balonazo en la ingle. Los argumentos se tornaron débiles, desarticulados, triviales. Cada nuevo episodio, más que un relato orgánico, con una estrecha relación entre sus componentes para sostener un edificio narrativo, se volvió una concatenación de chistes fáciles, de repeticiones y pastelazos, incrustados sobre una floja cadena de peripecias. Las magias que hacían brillar la serie se eclipsaron al punto de que ya no parecía ser la misma. 

Para ilustrar este dilema, cito una leyenda relatada por Plutarco: "El barco en el cual volvieron (desde Creta) Teseo y los jóvenes de Atenas tenía treinta remos, y los atenienses lo conservaban desde la época de Demetrio de Falero, ya que retiraban las tablas estropeadas y las reemplazaban por unas nuevas y más resistentes, de modo que este barco se había convertido en un ejemplo entre los filósofos sobre la identidad de las cosas que crecen; un grupo defendía que el barco continuaba siendo el mismo, mientras el otro aseguraba que no lo era." 

Esta vieja reflexión se conoce como “La paradoja de Teseo” y, como puede apreciarse, ilustra de maravilla el conflicto de identidad entre los dos períodos de Los Simpsons. Ahora que el canal Fox en español ha estrenado la temporada 24 de la serie, todo sigue sucediendo en Springfield, los personajes son los mismos, la música suena igual, los actores de doblaje, en la serie original, se mantienen, pero ¿siguen siendo Los Simpsons? 

De acuerdo con Matt Groening, “la serie sigue siendo tan buena o mejor que siempre. La animación es increíblemente detallista e imaginativa y las historias cuentan cosas que nunca antes habían ocurrido”. Habrá quién concuerde con esta respuesta del creador de la serie. No obstante, para otros, sería más apropiado citar la siguiente frase de Homero Simpson: “Esas son historias que le cuentan a los niños, como el Coco, Frankenstein o Michael Jackson”.

Nota publicada en la edición 742
del suplemento cultural O2 de la Gaceta Udg

Cine que sí cuenta



Distingo dos enfoques entre los mejores directores: los que defienden la autonomía del cine, con respecto a la literatura y consideran la historia un mero pretexto para prodigar recursos audiovisuales; y aquellos que conciben el cine como el arte de contar una historia utilizando los vívidos recursos del séptimo arte. Para la primera lista, pienso en Greenaway, Kurosawa, Godard; en la segunda, destacaría a Charles Chaplin, Woody Allen, Polanski.
            De entre las muchas películas que ha escrito o coescrito, Roman Polanski, una de mis preferidas es, Bitter Moon. Lo que hallo más interesante es que recorre en, poco más de dos horas, todo el espectro de sentimientos y emociones, positivas y negativas, relacionadas con el amor, desde la magia inicial y los primeros destellos de una relación, hasta el aburrimiento, el hastío y la franca brutalidad. No recuerdo otra película que logre esa progresión psicológica y emocional de una manera tan espléndida como esta obra, ejemplo maravilloso de cómo contar una historia con cámaras y micrófonos, de cómo hacer cine literario.

Tarantino y el esnobismo


Se supone, según he escuchado y leído, que Django Unchained es un tributo a los spaghetti western y tengo la impresión de que los entusiastas de Tarantino usan dicha referencia como un chaleco antibalas. Cualquier intento de subversión contra el credo tarantinesco es, al instante, reprimido con palabras como “tributo”, “parodia”, “referencia”, y se espera que uno piense “carajo, ahora lo entiendo todo: el problema era mi ignorancia”. Esa defensa me suena a esnobismo.
Tomar una forma conocida o una referencia es un recurso, no un logro en sí. El arte sería facilísimo si sólo se tratara de tributar y parodiar. Bastaría tomar algo de Fellini o Bergman para ser un cineasta de genio. Para juzgar la obra hay que analizar el resultado de ese préstamo.
Una falta cada vez más visible en las películas de Tarantino, es que son predecibles. La fórmula es muy transparente: historias sobre odio y venganza, contadas con un mismo esquema que se repite cada diez o quince minutos, con mínimas variaciones: monólogo o diálogo larguísimo, sobre un tema trivial o absurdo, rematado con una escena de violencia extrema.
Django Unchained es una antología recomendable para ver los peores vicios de Tarantino: el protagonista, Django, es un personaje insulso, sin mayor psicología; el argumento no tiene ni matices ni misterios; el ritmo narrativo es muy deficiente: la película parece terminar al menos media hora antes; y claro, abundan los chistes fáciles salpicados de sangre: pero no de ese humor negro, inteligente, profundo, que mueve a la reflexión; sino una versión hollywoodense, vacía, carnavalesca, que al parodiar termina convirtiéndose en lo parodiado.