Sueños a plazo fijo o variable

Hubo una vez un lugar donde soñar sí tenía un precio y los costos variaban según la magnitud de su producción: un sueño local era mucho más económico que uno trasatlántico, uno con muchos personajes, persecuciones de autos o edificios en llamas, elevaba el costo de manera escandalosa, y muy pocos podían pagarse uno con personajes famosos. 

Algunas instituciones bancarias ofrecieron planes de financiamiento para que los pobres pudieran gozar aunque sea un buen sueño en su vida, siempre y cuando se comprometieran a pagar en plazos que oscilaban entre veinticuatro y ochocientos meses.

El problema vino cuando ya no pudieron pagar, porque no tenían nada que ofrecerle a los bancos, en ninguno de los mundos conocidos. Un dirigente anónimo tuvo la idea de embargarles sus recuerdos y la mayoría lo perdió todo. El mundo se volvió un lugar donde las personas, como los animales, vivían en un eterno presente. Nadie sentía nostalgia, nadie hacía planes, nadie tenía vida mental ni emocional y lo peor, nadie trabajaba, ni veía la tele, ni compraba cosméticos. 

Las corporaciones se preocuparon y dieron marcha atrás: iniciaron los desbloqueos oníricos para que las imágenes inconscientes traficaran en libertad y gracias a ese acto de profunda humanidad, el orden se restableció, y los sueños volvieron a ser de quien los trabajaba; las corporaciones, sencillamente, produjeron sueños colectivos, relacionados con verse mejor, llegar más alto, pisar más fuerte, orinar más lejos, para abastecer a quien no se bastara con los suyos.

2 comentarios:

  1. Me gusta este micro relato. No sólo hay una historia, sino un retrato vivo y paródico del mundo civilizado. Yo quiero un sueño Tao, donde pueda pacer como una vaca sin preocuparme por nada, más que por el sonido de mis muelas machacando el zacate. Lo sé, me faltan ambiciones verdaderas.

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    1. Gracias por leer y comentar, Gabriela. Me gusta mucho como escribes y piensas. Es un gran sueño, yo también sueño con una vida sencilla, contemplativa. Saludos!

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